Por qué el oso es el mejor animal
- Lorenzo Costabile
- 3 jul
- 4 min de lectura

La vida del oso se parece a la de muchos otros animales. Inmerso desde hace tiempo en un ecosistema de ritmos ya frenéticos, moldeado por migraciones colectivas y necesidades individuales, se arrastra cansadamente entre la guarida y el trabajo siguiendo el pensamiento único: hacer dinero. No le gusta perseguir ese dinero, odia el trabajo, podría destripar —no metafóricamente— a todos sus compañeros, pero no lo hace: ha ido a terapia, ahora es un animal mejor.
Desde hace un tiempo, por las noches, el oso lee ensayo exigente, libros de filosofía. Después de una jornada de oficina, sin embargo, cansado, lo hace siempre en un estado suspendido entre el sueño y la vigilia. Por la mañana no recuerda los conceptos, pero sabe que se ha encontrado con al menos uno que podría ayudarlo a combatir su pereza monumental, su enorme procrastinación, su somnolencia crónica. Le parece recordar esto: ninguna criatura escapa a su propia naturaleza. La hormiga trabaja, la araña teje, el pajarito vuela al amanecer para ocuparse de sus asuntos.
Lo piensa un momento. Gilipolleces.

Se arrastra fuera de la cama con esfuerzo —su peso es considerable—, se rasca el lomo peludo contra la pared rugosa y va al baño. En terapia ha aprendido dos cosas útiles: nada de teléfono apenas se despierta, nada de teléfono en el baño. Ha descubierto que, haciendo eso, consigue visualizar vagamente los sueños que tuvo durante la noche. Es un momento hermoso —en la oficina solo tiene cinco minutos exactos— en el que siente una conexión profunda con su yo. Se concentra como si estuviera haciendo algo muy importante, y no simplemente cagando.
Es un animal tendente a la nostalgia: a menudo, por la calle, le ocurre revivir ciertas sensaciones cuando llegan a su nariz determinadas notas de frutos del bosque desde una cafetería, o cierto olor a hierba desde algún parque, y vuelve a los tiempos en que mordisqueaba troncos bajo el sol de primavera. Esa noche, de hecho, ha soñado precisamente con esas escenas: una osa, una gran erección, el recuerdo desvaído de aquella pareja, la llegada a la ciudad, luego la vida salvaje de cuando era un cachorro, las cagadas con vistas al lago en el claro justo al borde de la espesura, las siluetas de las montañas azules, el zumbido de los insectos y la luz cegadora, el perfume de las bayas de enebro, su madre siempre alerta, la hibernación.
Hoy ningún animal hiberna ya, pero antes, le contaban, los osos lo hacían. Cerraban el negocio. Se metían bajo tierra, cómodos, en la oscuridad, descansando durante meses enteros y sin culpa. El oso recuerda esos relatos con cierta melancolía y una punta de rabia. Tira de la cadena, se lava el culo, se viste y va al trabajo.
Un animal tan majestuoso, de olfato excelente, de fuerza y agilidad extraordinarias, resulta casi extraño verlo obligado a llevar un jersey fino y una camisa estrecha, una mochila de ecopiel, unos zapatos incómodos, sentado en equilibrio sobre una silla giratoria e inclinado sobre el escritorio.
El macaco, su compañero de toda la vida, es insoportable. Deja que los demás terminen las frases mientras ya está formulando una respuesta que, en la mayoría de los casos, no tiene nada que ver con lo que se acaba de decir. Da palmadas en la espalda y usa la palabra “visión” al menos una vez al día.
La reunión semanal está llegando a su fin. El oso está ansioso por su presentación. ¿Tiene la camisa arrugada? Última diapositiva: los resultados del informe. Todo terminado. Silencio durante unos segundos, luego el macaco:

«Yo creo que hay que atreverse más. Pensar fuera de la caja… al menos, eso es lo que pienso yo».
El jefe asiente satisfecho y apunta algo en su cuaderno. La reunión termina y van a tomar un café. Delante de la máquina, el macaco le da una palmada y empieza:
«Entonces, ¿qué tal? ¿Todo bien?».
«Bien».
«¿Bien bien, o regular?».
«Bien».
Luego el macaco empieza a contar algo que pasó la noche anterior, una cena con tipos importantes del sector bancario.
El oso deja el libro en la mesilla. Está seguro: muchos animales no piensan en el hecho de que estamos sobre una bola gigante de roca, agua y barro que, suspendida en el espacio infinito, gira sobre sí misma en el silencio sepulcral de una oscuridad con lunares. Muchos animales no miran las estrellas: van con la cabeza baja, pastando, tecleando números en hojas de cálculo, contándose los pelos del ombligo.
Antes de dormirse piensa un momento en el mar abierto, y siente envidia de los peces que viven tan bien bajo el agua, con sus sociedades, sus asuntos, sus corrientes internas ocultas y secretas, un mundo sumergido y silencioso. Quién sabe qué sueñan los peces, se pregunta, si también les cuesta dormirse, y si de vez en cuando salen a contemplar el cielo azul noche. De fondo, en sus pensamientos, el ir y venir de los coches afuera parece el de las olas.
Al día siguiente, en el trabajo, durante la pausa del café, el oso le confía al macaco su intención de dejar el puesto para dedicarse en cuerpo y alma a la búsqueda de sí mismo. El macaco no parece sorprendido. Le sonríe y dice:
«Yo solo pienso que un puesto así, dentro de seis o doce meses, por ejemplo, no lo encuentras tan fácilmente. ¿Cómo explicarías el gap en el CV a los recruiters?».
¿GapenelCValosrecruiters?
Algo se rompe.
De repente, el oso recupera su fuerza dormida, recuerda sus garras, sus colmillos, su espíritu indomable, y regresa por completo al estado primitivo. Para empezar, despedaza al macaco de mierda. Destruye su propio puesto de ordenador mientras en la oficina todo el reino animal empieza a huir. Lo que ocurre en los minutos siguientes será reconstruido después por los supervivientes con la incertidumbre típica de los traumas colectivos: hay quien recuerda al castor volando, al gallo aplastado contra la moqueta, al perrito de la pradera atrapado entre las fauces del oso.
Visualiza el objetivo: la oficina de Recursos Animales. Mientras avanza, vuelca los escritorios, los papeles de los archivadores dibujan círculos en el aire, el oso babea y lo destroza todo. Los jefes se cagan encima. Huele a mierda, a naturaleza, por fin. Desde la calle, los transeúntes alcanzan a ver a través de los cristales a ese enorme animal enfurecido. En un rugido mudo que parece un bostezo sonoro, el oso saborea la gran hibernación.
Por qué el oso es el mejor animal






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