O Grande Rio
- Federico Pintus
- 11 ago
- 6 min de lectura
Idiot Digital x Fabricio Brambatti
Brasil Impossivel




La muerte sobre el río
Alguien cuenta que, en un tiempo tan lejano que ni siquiera podía ser recordado por las aguas del Gran Río, nació la Muerte.
En medio de los peces que nadaban felices, y de los anzuelos de los niños que intentaban robarles aquella felicidad, apareció la Muerte.
Nació adulta, inexorable, consumida por una vida que nunca había vivido pero que llevaba dentro de sí como una lección escuchada mil veces, mil veces aprendida.
Emergió de las aguas y miró a su alrededor. Vio tantas cosas hermosas. Una lujuria de verde, pueblos donde se sonreía así, sin ningún motivo, un carnaval de vida bajo los rayos luminosos del Sol.
Decidió que aquella sería su nueva casa.
Allí donde posaba la mirada, las cosas se transformaban.
El verde ya no brillaba bajo los rayos del Sol; las flores, por primera vez, se inclinaban, aplastadas por el peso de sus pétalos; las casas escuchaban, como un eco, el silencio que algún día las habitaría.
La Muerte caminaba por los pueblos, extendía su mano gentil llevando como regalo todo lo que tenía: el Fin y, con él, una belleza hasta entonces desconocida.
Fue entonces cuando el Gran Río se convirtió verdaderamente en el Gran Río: el único lugar donde la vida no existía a pesar de la Muerte, sino gracias a ella. Con ella había sellado el pacto secreto del que nace todo.
La selva dio a luz nuevos hijos, especies vírgenes que la exploraban sonrientes y agradecidas. El Sol ya no quiso ponerse y le robó las horas a la Luna. Ahora el sonido del carnaval viajaba por el aire y se perdía en el océano, la vida cantaba de fiesta.
Y, sin embargo, justo cuando todo volvió a resplandecer con una Luz cegadora, también aprendió a temblar. Los hasta luego comenzaron a sonar como despedidas. En los pueblos, cada partida pareció negar la promesa del regreso.
Todas las cosas revelaron, como un secreto inconfesable, su propia fragilidad y parecieron poder apagarse para siempre, volviéndose dignas de ser perdidas.
El final pertenece solamente a las cosas amadas.
Sobre el río, desde aquel día, nadie pudo fingir que la Muerte no estaba allí. Caminaba entre las casas, se sentaba imponente en las orillas, recorría los senderos de la selva pisando las huellas que habían dejado los hombres.
No se atrevían a mirarla a los ojos, con la mirada baja, clavada en la tierra. Pero era imposible no verla.


Crianças selvagens
En Veraluz, la muerte y el mal para muchos no son una elección. Los aprendés como aprendés a respirar.
Por los callejones te cruzás con crianças selvagens —niños salvajes— que todavía no tienen pelos en la cara pero ya llevan el peso del hierro en los bolsillos, listos para hacer click ante la primera señal equivocada.
Sus padres ya no bajan la mirada antes de mentir —«¡Ya no son más meninos!». Así es como aprenden que la infancia terminó. El que tiene algo para comer a la noche se sienta a la mesa imperturbable, pase lo que pase. Ya no distingue el ruido de los fuegos artificiales del de los disparos.
Cada mañana el Sol se levanta en el cielo como si nada hubiera pasado, como si acá nunca hubiera sucedido nada. Las colinas flotan sobre un mar de techos de chapa, iluminadas por el reflejo de la luz sobre el metal que hace brillar su verde tropical. Las antenas se derriten bajo el calor, dobladas por el viento que sube desde el Océano. Las casas, en un equilibrio precario, parecen poder tropezar en cualquier momento.
En los callejones: olor a cal mojada, carne frita, cuerpos transpirados, perros pulgosos, pólvora. Todo promete fiesta. Siempre es tiempo de Carnaval. Un carnaval, para recordarnos que el mundo nunca deja de pudrirse y de brillar. Los tambores que acompañan el ritmo de las sirenas, reflejadas en las lentejuelas de los bailarines; los coros que estallan y se acompasan con los gritos desgarradores de quienes mueren en los callejones. ¿Por qué? Porque no podría ser de otra manera.
De noche, las luces de los autos encienden por un instante el silencio. Parecen cuchillas, cortan el cielo y abren heridas por las que parece que podría llegar algo. Alguien levanta los ojos, contiene la respiración, espera una respuesta, cualquier respuesta. Una gracia, un milagro, un helicóptero de la polícia Militar. Pero es solamente otra luz artificial, que se desliza por las paredes y va a morir en el río negro.
Y los cachorros —los perros— por todas partes. Son los niños puros de esta ciudad, de todos los lugares del mundo donde el Mal prospera como una mala noticia de la que nadie quiere hablar, libre para actuar en silencio. Duermen en las escaleras y le gruñen a la noche, comen cuando pueden.
Cristo abre sus brazos y parece llamarlos a reunirse. Está ahí para ellos, sí, sus hijos perdidos en los callejones.
Él también tiene el hierro escondido bajo la túnica, porque entre estas selvas y este océano sobrevive quien acepta ensuciarse las manos; los demás duran poco. El Bien, si no aprieta el gatillo, queda aplastado entre las paredes de los bairros.
Esconder el propio rostro puro e ingenuo, aprender a quedarse callado y no dejar escapar palabras demasiado suaves, fingir que no se es bueno: siempre, siempre, siempre.
Cristo no viste de blanco. Es el Sol el que engaña, iluminándolo con su luz transparente.
Este Sol que regala sin guardarse nada, desde lo alto de su extrañeza —él puede, sí, alto, intocable, imperturbable, no ve esta vida sucia que se ensucia en los callejones.
Cristo es gris. Está cubierto de pólvora, mírenlo bien.
Nadie, como los habitantes de esta ciudad, es capaz de reconocer la belleza y la vida. Las huelen como un olor olvidado, como un hombre capaz de recordar una casa sin haber visto jamás ni siquiera sus paredes. Lo saben y nada más.
Es un privilegio que le corresponde a quien arde en el mundo de las cosas que terminan. Donde todo puede apagarse en el segundo que separa un aliento del siguiente, que nunca llegará.
Y toda violencia, todo el Mal, de pronto parece apenas un largo desvío. ¿Para llegar adónde? Una huella oscura dentro de un dibujo más grande, un camino que todavía no somos capaces de reconocer.
Cada traición, cada mentira, cada sacrificio para alimentar las bocas, todas las veces que uno se sumerge en el río negro, con el riesgo de no volver a encontrar la orilla. Encontrar algo, ¿qué cosa?
Amor. Pero el nuestro es apenas el nombre más pobre que tenemos, la moneda menos valiosa entre todas las monedas. Si el deseo no consiste en tender hacia algo, sino en empezar a sentir el vacío que dejará. Cuando dejamos de querer poseer, solamente se nos pide que dejemos caer todo lo demás: como el revoque viejo, la piel muerta, como las máscaras que, la mañana después de la fiesta, quedan sobre el asfalto, sin un rostro que las llene.
Salvación. Pero acá creer en ella cuesta demasiado. No sabemos adónde vamos.
Y se baila, se ríe, se bebe, se mata. Se festeja, se hace Carnaval, para no quedarse en el silencio que, como un agujero negro, nos absorbe.
Alguien dice que el río conduce al mar, pero nadie ha visto jamás su desembocadura. Hay quienes juran no haber visto nunca siquiera su curso, salvo en sueños.
Pero está —¡está!— se escucha el correr de sus aguas entre los callejones.
Ciertas noches, si uno aguza el oído durante el tiempo suficiente, llama a cada uno por su propio nombre. Conoce el día en que cada uno de nosotros regresará a sus aguas, dejando a la corriente el peso de aquello que llevó durante toda una vida sobre los hombros.
El río nos conoce desde siempre. Es el silencio del que fuimos expulsados hace tanto tiempo, exiliados lo suficientemente lejos como para poder desear el regreso. Hacia él seguimos volviendo sin darnos cuenta, durante el tiempo de una vida. Lo rozamos en los cuerpos, en las casas y en las plegarias, en las ciudades que construimos y en aquellas que destruimos.
Al final queda solamente su curva negra, allá abajo, que recoge todo y a todos. Adonde van a parar las cosas. El agua que recoge los cuerpos y su sangre caliente, las plegarias y las pistolas, las esperanzas y los silencios detrás de los cuales nos defendemos. Se las lleva hacia abajo, hasta el fondo, donde cada nombre se pierde. Solo queda aquello que estaba antes: agua y silencio.
Todo lo que el mundo ensucia, el río lo recibe. Todo lo que el tiempo endurece, el río lo disuelve. Es donde la vida deja de defenderse. Como una madre, recibe sin elegir.
El Gran Río es Mujer.



O Grande Rio



Comentarios