¡No hay escapatoria! Al salir de la cadena de montaje, la máquina se hace más fuerte en la calle que recorren, luego en el tranvía, después en el coche, después en casa, en la familia. Se hace aún más fuerte.
La noche me atrapó por el cuello; caminaba con dificultad por las calles mojadas, sin sentir frío.
En cada esquina había otros: hombres altos, chaquetas negras, piedras en los bolsillos. Todos me miraban, nadie hablaba. Era la Liga.