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Me Tiré Por Vos: Charly García

Esta nota celebra el vigésimo quinto aniversario del salto de Charly García, quizá el gesto más loco y espectacular de este genio imprescindible del rock argentino.

Para quien no lo conozca: nacido en Buenos Aires en 1951, debutó con Sui Generis, cambió las reglas del juego con Serú Girán y, desde 1982, emprendió una carrera solista hecha de discos generacionales, experimentación y performances imprevisibles.

Músico de oído absoluto, capaz de armonías vertiginosas, usa el piano como un arma melódica.A su alrededor toma forma la era Say No More: un manifiesto de vida y de arte hecho de eslóganes, cortocircuitos, automitología y el rechazo a dejarse encasillar por los medios y el mercado.

Su imagen es inconfundible: altísimo y flaquísimo, uñas laqueadas, anteojos oscuros, camisas blancas, bigote bicolor.Como muchos genios, Charly es egocéntrico y controvertido, indisciplinado, propenso a los arrebatos, a derivas violentas y a las adicciones, con una vida salpicada de internaciones y rehabilitaciones.ù

¿Por qué importa? Porque le puso voz a por lo menos tres generaciones y convirtió la música pop en un teatro público donde conviven confesión, parodia y provocación.

 


Me Tiré Por Vos

"Me Tiré Por Vos" 25 AÑOS DESPUÉS DEL VUELO DE CHARLY


Mendoza, 1 de marzo de 2000. Para quienes estuvieron ahí, fue una especie de apocalipsis rock. Charly García llega y, milagrosamente, toca de verdad: ensayo y, sin corte, un live memorable en el Malvinas Argentinas. En la lista conviven nostalgia y furia —con esa elasticidad esquizofrénica que es su marca registrada—, invitados Nito Mestre y Mercedes Sosa. La ciudad vibra: es la escala mendocina de “Argentina en Vivo”, el estadio late, Charly está en estado de gracia.


Y, sin embargo, Charly es el de siempre: genio caprichoso, humor a olas, excesos como metrónomo. Termina el show y el guion se desvía. 2 de marzo, madrugada. En el pub La Reserva se arma un caso: una mujer le vuelca (o le tira) un vaso en la cara, vuelan palabras pesadas, empujones, quizá una silla. Momentos de caos y todos a la comisaría; en el expediente quedan una denuncia por lesiones y testimonios que se contradicen: ella golpeada, él provocado, todos apretados en un embudo de celebridad, alcohol y adrenalina. Mendoza habla sólo de eso. El aire está eléctrico.


3 de marzo, media mañana/primeras horas de la tarde. En el Hotel Aconcagua hay un movimiento inusual: periodistas por Charly y por el ministro de Trabajo, Alberto Flamarique, esperado en conferencia de prensa; fans en las rejas, curiosos en los pasillos. Parece una película esperando la escena madre.Charly está solo, en el noveno piso, en la suite presidencial. Se asoma al balcón, mira la pileta, mide, planifica. La pileta queda a unos cinco metros del frente del edificio. Entre terraza y agua hay que acertar una trayectoria oblicua.

Empieza a tirar objetos al agua para calcular el ángulo y el punto de entrada. Busca el sector más profundo, el que perdona. Después se sube a la baranda —altísima, puesta ahí justamente para evitar gestos insensatos—; se gira apenas, quizá esboza una mueca, se lanza: dieciocho metros de vacío, cinco por “planear”, un rectángulo celeste que hay que embocar.

El gesto es premeditado pero no anunciado: no hay troupes de TV apostadas, ningún fotógrafo listo para disparar. Solo está el camarógrafo de un canal local que intuye y, por instinto, levanta la cámara y captura el vuelo. El último tramo —el splash, el posible impacto— queda oculto detrás de un edificio, fuera de campo. Por unos segundos nadie sabe cómo terminó: en el patio se dispara el pánico, se corre convencido de encontrar un cuerpo en el suelo. En cambio, milagro laico: Charly está en el agua y nada. Nada tranquilo, como si se hubiera recién metido por la escalerita del borde. Ese corte fuera de campo vuelve todo más feroz: el vacío es real y el desenlace queda en suspenso hasta que la gente lo ve flotar. Es el momento en que el grito cambia de tono.

La selva de micrófonos lo rodea mientras sigue en la pileta; las cámaras lo buscan empapado, el pelo en la cara, el bigote bicolor chorreando, y ese aire Say No More —la estética paradójica que, desde fines de los noventa, Charly usa como firma y escudo—: decir todo sin decir, hablar encima, resumir el mundo en un eslogan que también es un anti-eslogan.


Me Tiré Por Vos

Esta es la primera cosa deportiva que realmente estoy disfrutando”, declara.

“¿Qué sentiste, Charly?”

Vacío y después el agua mojada.”

Como si fuera lo más normal del mundo.


En pocas horas, el clip del salto se vuelve viral en un mundo pre-redes: los noticieros lo pasan en loop, los talk shows lo ralentizan y lo diseccionan, los bares lo cuentan de memoria. Nace la leyenda.


A posteriori, muchos juran que lo vieron venir: “se iba a tirar, era inevitable”. Fácil decirlo después. La verdad es que el gesto es una cachetada a la grilla: a las expectativas, a la retórica del “genio maldito”, al sensacionalismo que Charly dice odiar y al mismo tiempo manipula con sadismo y maestría. Mendoza se vuelve metáfora: un hotel lleno de medios y poder, un cuerpo que elige el vacío en la escena perfecta, un público que pasa de la morbosidad a la catarsis en el lapso de dos segundos.

Unos meses más tarde, Sui Generis publica Sinfonía para adolescentes. Ahí está “Me tiré por vos”, el tema que Charly compone a las pocas horas del salto. Empieza así: “Estaba muy aburrido en la Mendoza fatal, dije: ¿qué me falta ahora? Sólo aprender a volar…”. Versos que dan vuelta la apatía. Ese “me tiré por vos” vuelve como estribillo: “no por la fama, no por la cana, no por los medios”. Un ataque irónico a un mundo que, en realidad, Charly corteja con sus performances. Es su magia extrañante: denunciar el circo alimentando el circo. En el medio, ese imperativo: “Tírate ahora”. No es una invitación amable: es una provocación. Yo lo hice; ahora te toca a vos.

¿Por qué te tiraste, Charly?


La verdad es que te zambulliste sobre todo por y para vos. Fuiste, sos y serás Charly García. Tirarte fue la versión extrema de tu egotrip creativo: un acto gratuito que vuelve la ciudad un escenario y el riesgo insensato, estética. Mendoza no es un paréntesis, sino el enésimo capítulo de una poética que corre siempre el límite. En ese “yo me tiré” hay automitopoyesis en estado puro: construcción y mantenimiento de la leyenda personal a fuerza de gestos irrepetibles.

Pero me gusta pensar que te tiraste también por y para nosotros. Con ese gesto teatral y desquiciado quisiste sacudirnos la inercia, arrancarnos de las butacas de espectadores, llamarnos a la acción, obligarnos a elegir. Es como si nos hubieras dicho: ¿querés seguir de espectador del gesto ajeno —lo volvés a ver, lo comentás, lo monetizás— o querés, a tu modo, tirarte? No a la pileta (nosotros, por favor, no), sino fuera de la pantalla, fuera de la inercia que lo devora todo. El imperativo “Tírate ahora” tiene justamente esta doble naturaleza: alimenta el mito de Charly y, al mismo tiempo, enciende a quien escucha. Que después cada uno se mueva —o no— es otro asunto.

Releída veinticinco años después, la historia de Mendoza devuelve tres fotogramas que explican a García sin subtítulos.Primero, el concierto: el disparador es la música. Con Nito Mestre y la Negra, el clima es de vuelta a casa; el público se vuelve un solo cuerpo mientras Charly gobierna el caos con técnica e instinto: pasajes fulminantes entre lo íntimo y lo violento, confesión y burla. La fama de “¿hará todo el show o nos dejará plantados?” mantiene alta la tensión: cada tema suena como si fuera el último.Después, la pelea. Versiones que se superponen —víctima ella, víctima él; aglomeración, autógrafos, seguridad— y prensa que huele escándalo y sangre. La verdad judicial, cuando llega, no conforma a nadie: Charly provoca y es provocado. Lo que cuenta es el contexto saturado: Mendoza como incubadora del gesto extremo.


Por último, el salto. Un fotograma de un cuerpo en caída: 1,91 segundos y después el splash. Sin ese único camarógrafo, hablaríamos de leyenda urbana; en cambio, quedan video, audio, chistes. La pileta como ojo, los balcones como tribunas, los micrófonos que cercan la pileta, Charly que chapotea tranquilo en vez de estar muerto: es teatro, teatro de primera. Funciona porque el riesgo era real y porque, por una vez, la retórica del genio peligroso coincide con un peligro verdadero.

De ahí nace la canción. “Me tiré por vos” es la estela sonora del salto: mezcla burla y admisión (“no lo hice por la fama, por la cana ni por los medios”) y un estribillo —“Tírate ahora”, tirate ahora— que martilla como un desafío al oyente: dejá de mirar y hacé algo.

Si hay una lectura política, está acá: el salto como antídoto contra la apatía; no la retórica del héroe o del mártir, sino la idea de que solo la fricción —y un conflicto que no es un fin en sí mismo— vuelve a poner todo en movimiento y lo revitaliza. Charly, en el fondo, nos dice: si te quedás quieto, te van a contar la vida como replay de mi gesto. Y no hay nada más cómodo (y tóxico) que esa postura: consumir la vida de los demás para no poner el cuerpo. Su ego enorme funciona —paradójicamente— como espejo: cuanto más se infla, más nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo nosotros.

Se puede objetar que estamos romantizando un gesto peligroso, insensato y sin otro fin que sí mismo. Pero nadie acá propone imitar a Charly (salvo el propio Charly, y ya sabemos a qué juego está jugando).

La cuestión es simbólica: ¿tirarse dónde? En la decisión que venimos pateando hace meses, en el trabajo que nos asusta, en la palabra que no nos animamos a decir, en el texto que no logramos escribir, en el compromiso con una causa que preferimos esquivar. En ese sentido, “Me tiré por vos” es una mecha: convierte el egocentrismo en energía compartida. ¿Hay bravuconada? Sí. Y por eso mismo la frase llega: porque irrita. No es el sermón de un maestro zen; es la cachetada de alguien que se siente superior. ¿Te irrita? Entonces, actuá.

El marketing —hay que decirlo— le pone el moño: los argentinos aman ese clip. Está en el panteón del rock nacional, junto al piano pintado, las frases fulminantes, las peleas con el orden constituido, las piñas con periodistas. Cada 3 de marzo, los feeds se llenan: “noveno piso”, “18 metros”, “1,91 segundos”. Se intercambian fotogramas, se vuelve a ver la entrevista con el pelo chorreando, se discute si fue séptimo o noveno piso (para la crónica: fue el noveno; la pileta estaba en el segundo, de ahí la confusión). Se cruzan los fans de cada era (“Serú”, “Sui”, solista). Pero bajo la superficie queda una pregunta: ¿qué celebramos de verdad? ¿El coraje? ¿La idiotez? ¿El arte? ¿La desfachatez? ¿La dependencia?


Quizás celebramos la única cosa que nos falta cuando nos miramos vivir: la decisión.Estaría bueno que este vigésimo quinto aniversario no fuera solo un amarcord. Está en nosotros decidir si convertirlo en una postal de share, like, emoji o si aceptar el desafío, ensuciarnos las manos y actuar.


La versión “pura” del gesto —Charly solo contra todos— es seductora pero falsa: alrededor había industria, cámaras, políticos, fans. Estaba en escena. Y la escena necesitaba público. No existe “Charly que vuela” sin una multitud que mira: si no nos reconocemos al menos un poco en esa multitud, estamos contando otra historia.Charly —genio loco, narcisista, indispensable— sigue coherente hasta el final. La última risa, en la pileta, no es ternura: es dominio. Él decide tiempos, gestos y palabras; se ofrece al país como estampita blasfema. Justo ahí, sin embargo, se abre la brecha: el público, si quiere, puede suspender la fascinación y retomar el comando de la escena. Veinticinco años después, la imagen sigue ahí: un cuerpo en caída, el vacío, el agua que se cierra. La canción la comprimió en cuatro palabras —me tiré por vos—, pero la cola es otra: Tírate ahora. No porque lo ordene un gurú, sino para desactivar la inercia que nos mantiene quietos.Y si después te preguntan qué sentiste, vas a poder responder sin robarle la frase, pero reescribiéndola: “El vacío mientras caía. Y después la vida mojada.


Me Tiré Por Vos: Charly García

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