La teoría de la gentrificación de MasterChef
- Alessio Mischianti
- 13 ene
- 6 Min. de lectura

Todo empieza con unas selecciones: los concursantes se presentan mientras cocinan un plato, intentando meter dentro su propia vida. En cuarenta y cinco minutos exactos no es fácil, sobre todo con la presión de tres jueces Michelin, plurietrellados, mirándolos fijamente.
Los aspirantes a cocinero están todos bastante torpes, pero creen en su sueño y quieren, cueste lo que cueste, entrar en la “MasterClass”. Se lo repiten a sí mismos y se lo gritan a intervalos regulares a sus jueces —¡SÍ, CHEF! ¡SÍ, CHEF!— el delantal blanco es su objetivo.
Entre una metedura de pata, una vajilla rota y alguna lagrimita, se retuercen intentando terminar la prueba. Y mientras tanto, se cuentan.
Una musiquita de fondo incesante va alternando según la emotividad de las escenas: sigue los chistes, los detalles, los tics, las manías. Los traumas. Los momentos más dramáticos ocurren entre bambalinas, en una salita habilitada como confesionario, donde los aspirantes sueltan toda su mierda. Y es como si hubiera una grieta espacio-tiempo en los estudios de Sky donde graban, porque mientras sueltan toda su mierda en el confesionario, al mismo tiempo siguen cocinando delante de los tres jueces. El trabajo de montaje, guion y dirección es perfecto. En pocos minutos de episodio, una mezcla humana de desesperados se transforma en personajes con una historia. Sus desgracias, al fin y al cabo, son las mismas que las de quien los mira desde casa.
Los tres jueces prueban y se ríen; a veces comentan con ironía en voz baja (y entonces aparecen subtítulos para alargarle al público la carcajada). Otros subtítulos se generan para traducir los sketches en napolitano del chef Antonino, como para recalcar que en el Sur se habla otra lengua; que Italia sí es una nación, pero tampoco tanto. De hecho, la marcación de acentos, giros y sintaxis se lleva al extremo. El chef Bruno, que se expresa en un boloñés extraordinario hecho de dobles abotonaduras y dobles sentidos fancy; el chef Giorgio, que expone teoremas sobre la esferificación del perejil en un aristocrático dialecto varesino mezclado con inglés. Los tres inmersos en una globalización gastronómica que oculta un capitalismo intrínseco que mira hacia la Edad Media, hacia el feudalismo —señores y siervos de la gleba— pero también hacia el presente, hacia las altas finanzas: alimentar con platos de tres estrellas a generaciones enteras de oligarcas occidentales.
Para los aspirantes, los tres jueces son ídolos que encarnan todo lo que ya no existe o, más simplemente, nunca existió: el mito americano del “self-made man”, en concreto la mitología del friegaplatos que, creyendo (BELIEVE IN YOU! BE CONFIDENT!) en sus posibilidades como ser humano moderno dotado de polla y/o de coño, logra petarlo y, tras décadas de éxitos (y un par de aperturas en Londres, Nueva York y Dubái), se dedica —en su papel de estrella televisiva— a formar nuevas hornadas.
Y, como un sacerdote de la religión del business, se le encarga decidir quién entra y quién no en la lucha a muerte de los deseos.
Pues bien: es justo aquí, a partir de los llamados “concursantes seleccionados”, donde empieza a originarse el proceso de la “gentrificación de MasterChef”.
Sin embargo, antes hace falta distinguir las macrocategorías en las que se distribuyen. Las macrocategorías son, desde siempre, las mismas, pero pueden sufrir ligeras variaciones numéricas según el momento político en el que se emite el cooking show.
A continuación, la lista:
Africanos, medio-orientales, sudeste asiáticos, sino-coreanos con historias duras.
Según ellos, perfectamente integrados en la sociedad italiana; sobreviven como pueden con trabajos precarios. Esperan ganar para encontrar una fortuna que, de hecho, merecerían. Sueñan con abrir su propio restaurante y escribir un libro de recetas. Valiosísimos para el storytelling, útiles para darle al programa una apertura mental decente —aunque construida—, resultan decisivos para el aval de la mayoría silenciosa. Esa, para entendernos, del políticamente correcto: los anima y quiere saborear los “sabores del mundo”, pero a la vez espera que caigan cuanto antes, cabreándose cada vez que traducen una receta de la tradición en un arroz cantonés o en cuatro gyozas.Suelen triunfar porque, a diferencia de sus rivales, quizá son los únicos movidos (al menos al principio) por un sentimiento real que no es solo la mera gratificación de un ego europeo frustrado.
Antiespecistas de pelo rosa/azul.
Ego aparte, siguen más o menos las mismas dinámicas de la categoría anterior, con una única excepción: citan casi continuamente la importancia de sus compañeras, con las que mantienen una relación abierta. Sufren algún trastorno mental y cualquier excusa es buena para sacar la historia de sus padres, de quienes se distanciaron cuando decidieron revelar al mundo su naturaleza. Lo que las une, además del antiespecismo, es tener padres racistas, salvo raras excepciones en las que el padre o la madre (nunca ambos) las comprendió y aceptó.Se la juegan hasta el final.
Antiespecistas medio calvos.
A menudo hombres del Sur trasplantados a Milán, se visten con ropa fluida (petos violeta pastel) y —en los raros casos en que no son calvos— llevan pelo que encaja en la macro-categoría anterior. Casi siempre, de golpe, en un pico de pathos, revelan la existencia de un exnovio conocido durante un Erasmus inolvidable con el que convivieron en Berlín o en algún suburbio de Düsseldorf. La relación se quebró por infidelidades repetidas (a diferencia de las antiespecistas de pelo rosa/azul, demasiado celosos para experimentar la pareja abierta), pero sobre todo porque él no les hacía sentirse suficientes.Con sus pastas de provola y patata deconstruidas solo pueden aspirar al top ten.
Mayores de 60.
Recién divorciados, participan empujados por sus hijos tras una crisis de mediana edad medio mortal, superada gracias a dosis elevadas de antidepresivos, sesiones de yoga y retiros de verano de meditación trascendental.Pertenecientes a la medio-burguesía liberal-conservadora, tienen blogs motivacionales para ayudar a señoras histéricas a recuperar la confianza en sí mismas; confianza que ellos creen haber recuperado ocultando el miedo a morir detrás de platos gourmet mal ejecutados. No tienen un talento real para la cocina, sino una especie de pasión quizá más vinculada a la lucha por la supervivencia.Hace años que no follan y lo descargan repitiendo continuamente chistes sexuales dirigidos a los jueces.Casi siempre los eliminan antes de las semifinales.
Mujeres y hombres hetero.
De dieciocho a cien, logran pasar indemnes un par de episodios como mucho, solo por el nicho de audiencia que queda old school, que se conforma con un culo o un par de tetas, como máximo: una macro-categoría en vías de extinción.
Es precisamente mediante esta subdivisión de elementos humanos y sus acciones consecuentes como, a todos los efectos, se determina “la teoría de la gentrificación de MasterChef”.
En cada episodio, los participantes realizan un verdadero proceso de formación, evolucionando tanto en el difícil recorrido de la cocina como en el de la existencia. Sus creaciones asquerosas se convierten en platos “¡WOW, WOW, WOW!”; sus posturas de espaldas vencidas y escolióticas se transforman en pechos orgullosos, hacia fuera, casi coloniales. Gritan cuando ganan. Se cabrean cuando pierden. Gozan cuando eliminan a otro en su lugar. Y si lloran, fingen. En la MasterClass aprenden la técnica, conviven, se odian, se aman. Probablemente follan. Seguro sienten lo que nunca habían sentido. Salen de allí como personas completamente nuevas, como ciudades gentrificadas.
Sí, es verdad: los finalistas por lo general nunca se convierten en chefs de verdad, sino en content creators insoportables; pero, en el fondo, eso es lo que le ocurre a cualquier zona urbana sometida a la gentrificación: pierde su identidad en favor de los grandes inversores. En lugar de viviendas populares surgen grandes centros comerciales; todo se “revaloriza” según las leyes del mercado. El barrio se pone de moda, se vuelve el lugar perfecto para un aperitivo y pierde cualquier forma de encanto, apoyándose en los sentimientos. Así, la narración del proceso permanece encomiable y dulcísima. Y puede proyectarse con facilidad sobre los concursantes de MasterChef, que al superar las pruebas, las exteriores, los “Pressure Tests”, adquieren toda esa serie de valores que los tres jueces predican desde las selecciones.
Como en una terapia psicodinámica plenamente completada, ocurre la metamorfosis total: de grupos clasificados de pringaos a individuos-individualistas perfectamente insertos en la competición. Abandonan y reniegan de su estatus de condominio humano agujereado por facturas, basura y camellos para erigirse en bosque vertical, en piso open space, en rascacielos. Esencialmente, en un símbolo.
Empiezan así a creer de verdad en los sueños, a concretar, a encontrar el valor dormido durante demasiado tiempo en sus almas olvidadas, en busca de rescate. A medida que se avanza, se descubren cada vez más los cimientos, los viejos patrones, los autosabotajes, las tragedias personales ya definitivamente de todos. Uno puede mirarse en los ojos de los aspirantes y volver a verse a sí mismo desde casa, sentado en el sofá. La depresión, las traiciones, los golpes, la necesidad de huir de una vida que ya no le pertenecía; ser gay en un instituto de un pequeño municipio de la provincia de Lecce; el amor: la única solución posible. La fuerza de lograrlo, a pesar de todo y de todos.
Y entonces bajan las lágrimas, que corren como ríos entre los cuchillos que cortan reducciones y bisques, topinambur y jengibre. Nombres de platos dedicados a algún familiar que ya no está.
Para el espectador es imposible dejar de mirar, es imposible no engancharse al programa, porque en MasterChef todo es tan egoísta y despreciable, todo es tan falso y banal, que acaba siendo tan jodidamente verdadero y conmovedor.
Nota: esta teoría es aplicable a cualquier formato de talent, por ejemplo los talent shows musicales: programas enormemente controvertidos y, sin embargo, inevitablemente absorbentes.

La teoría de la gentrificación de MasterChef






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