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Be the men we need

Una reflexión sobre el heteropesimismo


Be the men we need

Llegó el otoño pasado, silenciosa, liberadora, aunque no por eso indolora: la conciencia de que no es un problema mío. De que no depende de cómo soy, de los hombres que elijo, de la mala suerte que tengo. No depende de querer demasiado ni de ceder demasiado poco. Y tampoco depende de cuánto lo desee.


Construir una relación amorosa hoy, a los treinta y cinco años, en 2026, es un puto problema. No mío, sino de todos. Esa conexión mágica y romántica entre dos personas heterosexuales ya no puede ser la misma, y estamos fracasando miserablemente a la hora de definir su nueva identidad. ¿De quién es la culpa? Principalmente de los hombres, en mi opinión. Pero prometo que llegaremos a eso con calma.


Hace poco dejé atrás otro intento más de construir algo con alguien, y me siento perfectamente situada en mi tiempo: ese en el que la pareja hombre-mujer está en crisis. Un tiempo en el que todos quieren ser elegidos, pero nadie quiere elegir. Porque elegir siempre significa renunciar a algo: a opciones potencialmente mejores, o a una parte de la propia independencia. En un mundo de adultos más individualistas que la generación anterior, pero también más conscientes de sí mismos, más libres e independientes, se ha vuelto casi imposible hacer espacio al Otro. Basta mirar el auge y la caída de las apps de citas para darnos cuenta de cómo buscamos desesperadamente una conexión, pero ya no somos capaces de sostenerla. Sabemos que queremos amor, pero no conseguimos responder con continuidad al esfuerzo que hace falta para construirlo.


Be the men we need

Incluso yo, que no estoy en una relación desde hace años, sé que el amor se construye a base de seguir estando, mientras que la única continuidad que ofrece el dating moderno es la de la novedad: infinitas opciones románticas, en un ciclo constante de elegir y devolver, con la ilusión de poder encontrar una conexión mejor detrás del próximo swipe, o de la próxima copa de vino. Ese mínimo esfuerzo de curiosidad que te evita el problema de ese laborioso esfuerzo del corazón que hace falta para alimentar una conexión. Hacerlo de verdad, de forma real, aceptando sus límites, su incomodidad, su molestia. Pero quedándote dentro igualmente, porque así es como se construye algo.

Pero no. El dating moderno nos acerca rapidísimo, nos permite alcanzar niveles notables de intimidad emocional, y luego… puf, nos obliga a una desconexión repentina. Porque esa misma intimidad que al principio resultaba tan atractiva se vuelve, justamente, un poco incómoda. Si has pasado por ahí, sabes lo agotador que es. Es como un microduelo continuo: no el final de una historia por la que tienes todo el derecho a sentir dolor, sino apenas el apagarse de una chispa que esperabas que se transformara en otra cosa. Y más te vale sufrir poco, porque, como te dice a gritos esa amiga que está en la misma relación estable desde los dieciocho años, él-no-te-merece y el-hombre-adecuado-llega-cuando-menos-te-lo-esperas.


Y, sin embargo, en los últimos cinco años he encontrado a bastantes hombres dignos de mi amor, y cinco años ya es un tiempo bastante largo para eso de “cuando menos te lo esperas”. Siento que he seguido creciendo, trabajando en mí misma, entendiendo mejor lo que quiero, volviéndome más sólida... ¿y ahora? Es como si me encontrara siendo demasiado sólida para los hombres. Espero que no suene arrogante, porque de verdad no quiere serlo, pero tengo la sensación de que quienes no saben quedarse dentro de esa incomodidad del amor son, en su mayoría, los hombres.


No es solo mi experiencia personal; también en esto estoy perfectamente situada en mi tiempo. Tengo amigas inteligentes, independientes, fascinantes, que coleccionan historias parecidas a la mía. Mi TikTok está lleno de vídeos de mujeres que ironizan sobre hombres con entradas que todavía no están preparados, o sobre el hecho de que ya nos hemos convertido en collateral damage en la lucha de los hombres contra sí mismos. Incluso Vogue UK publicó hace unos meses un artículo insinuando que tener novio se ha vuelto casi embarazoso. Y la idea de que, por primera vez en la historia, las mujeres no se casan por seguridad económica sino por amor, y que, casualmente, ahora estamos todas solteras, es ya un concepto sobreutilizado en la comunicación generacional. Las señales son innumerables, ¿estamos de acuerdo? Y cuando es así, el problema nunca tiene que ver con el individuo, sino con la colectividad entera. El heteropesimismo parece inevitable para nuestra generación: ¿cómo podemos seguir teniendo fe en la relación entre un hombre y una mujer?


Me siento atrapada en una dinámica que descubro que se llama “female demand – male withdraw”: las mujeres siguen presentándose al amor, intentándolo, estando, pidiendo una relación; mientras que los hombres siguen retirándose ante la vulnerabilidad y la intimidad, sin ofrecer ningún terreno de seguridad emocional. Pedimos una conexión, y a cambio recibimos solo un quizás.


Antes dije que la culpa es de los hombres, pero en realidad no es correcto. Creo que la falta está sobre todo del lado masculino, pero no por culpa de los hombres como individuos, sino por una serie de problemas estructurales que han creado una brecha relacional y emocional considerable entre los dos géneros.



Si lo pensamos, era inevitable. Ambos crecimos con modelos estándar de roles, con una gran diferencia: nosotras, las mujeres, tuvimos y seguimos teniendo el feminismo. Un movimiento entero que nos invitó a cuestionar nuestro papel dentro de la pareja, de la familia, de la sociedad. Evolucionamos más allá del modelo de mujer que se nos había propuesto, y empezamos a desear otra cosa, a construir otra cosa. A ser económicamente independientes, a tener opiniones más claras sobre lo que estamos o no dispuestas a aceptar en una relación, a buscar en los hombres algo muy distinto del varón propuesto por la sociedad patriarcal. En cambio, los hombres no tuvieron otro modelo al que aspirar, ni un movimiento que los ayudara a cuestionar su propio papel, su propia masculinidad. No hubo toma de conciencia, ni sobre sí mismos como hombres, ni sobre cómo relacionarse con otro sexo que ya era tan distinto del que siempre les habían enseñado a imaginar.


También pienso en cuánto les faltaron las herramientas adecuadas incluso a nivel individual. Mientras que desde niñas nosotras pudimos expresar nuestras emociones y explorar toda su amplitud, a ellos se les pidió que no lloriqueasen, que no se comportaran como niñas, que no tuvieran miedo. En cuatro palabras: que no fueran vulnerables. Y entonces aquí están, esos hombres separados de mí por un americano sobre la mesa del bar, o pegados a mí bajo las sábanas, que no saben gestionar su vulnerabilidad emocional; y las pocas veces en que consiguen tocarla y mostrarla, salen corriendo asustados.


Por otra parte, tampoco están acostumbrados a hacerse cargo de ese enorme emotional labor dentro de sus amistades. Mientras las amistades femeninas florecen mirándose a los ojos, una frente a la otra, y explicándose el propio mundo interior, las amistades masculinas se consolidan haciendo cosas juntos, a menudo uno al lado del otro. El cariño que se tienen es seguramente igual de importante, pero la profundidad del trabajo emocional y de crecimiento personal no es comparable. Yo imagino a las mujeres moviéndose con naturalidad arriba y abajo por el espectro de las emociones humanas, aceptando sentirlas todas, y buscando en quien duerme a su lado esa misma disposición al descubrimiento. Para luego darse cuenta de que él, en cambio, no se hace cargo.



Y entonces aquí estamos, mirándonos y deseándonos desde posiciones opuestas, con un abismo de vulnerabilidad en medio. Hay que lanzarse juntos, pero alguien no salta.

Y así nosotras, mujeres adultas de más de treinta, seguimos creciendo más allá de los hombres adultos de más de treinta de hoy, celebrando el estar solteras y felices, sin tener que rebajar nuestros deseos, y sin necesitar la seguridad de la pareja para vivir una vida satisfactoria. Recuperamos el orgullo de ser quienes somos, de poner las amistades en primer lugar, de ocupar mucho espacio a nuestro alrededor sin volver a hacernos pequeñas. Mientras, del otro lado, los hombres caen en su male loneliness epidemic: una soledad-fenómeno que demuestra hasta qué punto los hombres son víctimas silenciosas del mismo sistema patriarcal que los ha llevado en la palma de la mano durante toda una vida. Estamos todos solteros, pero la epidemia de soledad de nuestro tiempo es específicamente masculina, no femenina. Pensemos en ello. Entonces, ¿cómo salimos de esto? ¿Estamos realmente atrapados en un heteropesimismo que nos condena o a relaciones insatisfactorias, o a una vida de soltería? No, joder. Yo digo que no. No sé cómo se sale de este bloqueo, pero hablemos de ello. Porque hablarlo, escribirlo, leerlo, ya es una forma de cambiar las cosas. Es rebelión. La vida nos ha traído hasta aquí y ahora nos toca a nosotros, hombres y mujeres juntos, construir una alternativa.


Come be the man I need, diría Olivia Dean. Dad un paso al frente, hombres. Os queremos. No hay un rechazo a priori hacia los hombres. Solo existe el deseo de un amor mejor.

Dad un paso al frente tal y como sois, vulnerables y asustados, pero dadlo. Y estad dispuestos a lanzaros con nosotras. Solo así podremos construir un tipo de pareja que funcione para ambos. Solo así podremos construir el nuevo amor de nuestra generación. Vamos, os estamos esperando con los brazos —y las piernas— abiertos.




Be the men we need

A Reflection on Heteropessimism


 
 
 

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