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El Laberinto de Dédalo

El Laberinto de Dédalo

El aburrimiento contemporáneo ya no es la hermana menor del vacío, es la hija primogénita del exceso: es un aburrimiento lleno, comprimido, que no deja espacio. Si el debate actual lamenta a menudo la desaparición del aburrimiento como "vacío fértil" necesario para la invención, aquí nos encontramos ante un fenómeno opuesto y más insidioso: un aburrimiento político. Es como el tiempo devorado por Cronos, que en los mitos engulle todo lo que genera. Hoy en día, cada experiencia nos llega ya masticada y sugerida; lo nuevo muere incluso antes de nacer porque el entorno en el que vivimos está construido para anticipar cada movimiento. No estamos explorando realmente el mundo, nos limitamos a seleccionar opciones en una pantalla. La vida se ha convertido en un dashboard, una interfaz donde la realidad se empaqueta y se envía en forma de tendencias o estímulos de baja intensidad. Ya no hay espacio para el impacto de lo nuevo, solo para pequeñas actualizaciones del sistema. El aburrimiento de los excesos señala un colapso del conocimiento anterior a su propio ejercicio.

Políticamente, este hiperlaberinto luminoso genera desorientación a través de la acumulación de señales, superando la lógica de su ausencia. Hoy, la saturación se ha convertido en una verdadera estrategia de dominio: gobernar ya no significa gestionar la escasez, sino sumergirnos en ofertas y estímulos continuos. Es una forma de control que encuentra su fuerza en la abundancia programada, mucho más eficaz que los viejos regímenes que prohibían o escondían las cosas. Que quede claro: no estoy diciendo que el prohibicionismo haya muerto o que los gobiernos hayan dejado de ocultarnos la verdad; todavía se nos priva, con demasiada frecuencia, de nuestros derechos y libertades más elementales. Pero lo que pretendo subrayar —y que a menudo subestimamos— es cómo hoy la saturación se ha convertido en una estrategia de dominio paralela y silenciosa. Es una forma de control que encuentra su fuerza en la abundancia programada. En un sistema así, la libertad no siempre se niega de forma violenta, sino que se vuelve inerte: un músculo que ya no responde, neutralizado por un exceso que nos transforma en espectadores en lugar de ciudadanos.

Pero demos un paso atrás. Estoy convencida de que esta parálisis del ciudadano es el reflejo de una crisis más profunda que afecta a la naturaleza misma de nuestra existencia. Antes incluso de ser una estrategia de dominio, esta saturación es la condición del ser que asfixia el aliento de la vida. Nos encontramos, de hecho, encerrados en una existencia completada demasiado pronto; y lo que ya está completo, inevitablemente, no respira. El aburrimiento contemporáneo germina precisamente en esta superposición, en un punto donde el horizonte de las posibilidades se amplía desmesuradamente mientras que el campo de la experiencia real, por el contrario, se estrecha hasta la asfixia. Es la lógica perversa de la sobreabundancia: lo vivido no se desvanece por falta de estímulos, sino que se ahoga en su proliferación incontrolada. Las narraciones antiguas ya habían rozado esta verdad. Ulises, con tal de arrancar a las Sirenas un saber prohibido, acepta la inmovilidad; atado al mástil del barco, encarna la paradoja de un conocimiento que abre mundos pero, en ese mismo instante, paraliza el cuerpo. También Epicuro, moviéndose en un contexto saturado, sugería que multiplicar los deseos no sirve para intensificar la vida, sino solo para dispersarla. Es el límite, paradójicamente, de devolver peso y densidad al placer. La multiplicación de los deseos desencadena una especie de fuerza centrífuga que amenaza con vaciar el yo, reduciéndolo a un mero punto de tránsito para los flujos que llegan del exterior. Contra esta deriva, Epicuro no propone una huida, sino una forma de resistencia basada en la concentración: ancla el placer a la estabilidad del cuerpo y a la certeza de que la ausencia de dolor es ya, de por sí, una cumbre. Aquí la medida deja de ser un límite punitivo y se convierte en la herramienta para devolver peso a lo que vivimos. El instante vuelve a ser un acontecimiento único, real precisamente porque no necesita ser excedido o aumentado para existir. Es un hilo rojo que une la filosofía moderna con la de hoy. Heidegger ya había vislumbrado en la total disponibilidad técnica del mundo el origen de una nueva y paradójica indigencia de la experiencia. Es la misma aridez afectiva que Simmel encuentra en la indiferencia del blasé, aturdido por la saturación de la metrópolis. Con Baudrillard la cuestión se desplaza a los signos: su proliferación es tal que hace evaporar la realidad en lo hiperreal, mientras que Byung-Chul Han nos describe cómo la obsesión por una potencialidad infinita del sí mismo termina por generar un cansancio que paraliza. La vía de escape, la salvación de lo vivido, está en la elección como un acto que da forma y densidad al mundo. Lo que queda es un cansancio ontológico: un agotamiento que no nace del hacer, sino del esfuerzo sobrehumano de filtrar una riada de datos que nos desborda. Aquí el problema ya no es qué vivimos; el problema es el hecho de que estamos perdiendo la capacidad misma de experimentar algo.



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Estoy convencida de que todo esto está produciendo una verdadera mutación de la psique. Tengo la impresión de que la interioridad está dejando de ser ese lugar profundo donde las pulsiones se transforman o donde los símbolos toman forma; la veo deslizarse hacia una función puramente selectiva, casi algorítmica. La sensación es que la mente ya no metaboliza el mundo, sino que se limita a clasificarlo. Me parece evidente que el sueño y la sublimación han cedido el paso a una aséptica actividad de catalogación: es la metamorfosis del inconsciente que, de teatro, se convierte en interfaz. En esta nueva estructura, el espacio interno funciona como un dispositivo de filtrado obsesionado con la exclusión, orientado solo a evitar el colapso bajo el peso de los datos. Hemos olvidado cómo se acoge una experiencia para hacerla florecer. Nuestro laberinto es víctima de una iluminación cegadora, una sobreexposición que disuelve cualquier zona de sombra —precisamente esas sombras donde el deseo necesitaría tiempo para depositarse—. Si para el psicoanálisis la sombra es el espacio vital que permite al deseo existir, la disponibilidad inmediata de cada cosa decreta hoy su fracaso. Estamos bloqueados en lo que yo definiría como un eterno presente infantil: un mundo sin prohibiciones ni esperas donde, sin embargo, precisamente por esto, se desvanece la posibilidad misma de convertirse en sujetos.

El núcleo de la paradoja está todo aquí: en la distancia insalvable entre lo que podríamos hacer y lo que realmente vivimos. Expandir hasta el infinito el espectro de las posibilidades termina, casi siempre, por sacrificar la profundidad de lo vivido. Es como si la infinidad de opciones terminara por congelar nuestra voluntad; me viene a la mente la imagen de un mapa tan total que se superpone al territorio hasta hacerlo desaparecer. Si todo está disponible, la sorpresa se disuelve y con ella se desvanece la condición esencial para encontrarse verdaderamente con el mundo. El horizonte contemporáneo debería ser rediseñado desde cero, a través de lo que yo llamaría la categoría de la curvatura. No necesitamos un círculo que se ensanche hasta el infinito, sino un campo de resonancia capaz de hacerse profundo. La libertad, entonces, ya no es el vértigo de poder hacerlo todo, sino la calidad de nuestra presencia en lo que hacemos. Es solo con esta torsión hacia lo situado y lo resonante como podemos imaginar una forma nueva, y finalmente auténtica, de habitar la existencia.

La saturación se convierte en deshidratación: lo humano no muere por falta de algo, sino que se seca por sobreexposición. Es lo que llamo la paradoja de la abundancia: cuanto más se amplía la oferta de posibilidades, más se marchita nuestra fuerza real como individuos. El acontecimiento deja de ser un impacto y se reduce a una información que catalogar; de este modo, el umbral de lo desconocido termina por replegarse sobre sí mismo, cerrándose en anillo. En esta modernidad ultramediada, la experiencia, paradójicamente, triunfa y muere al mismo tiempo: es un exceso de forma que congela cualquier movimiento vital. Una psique tan vaciada se vuelve, casi por inercia, políticamente dócil. Nuestra sumisión, por lo tanto, ya no nace del miedo a ser castigados o reprimidos. Es una resistencia que se desvanece simplemente porque faltan las fuerzas para sostenerla. Nos encontramos incapaces de distinguir lo que realmente merece oposición de lo que es mero ruido, un constante factor de dilución. En lugar del temor, solo queda una fatiga mental que nos bloquea: el conflicto desaparece, escondido detrás de un zumbido de fondo que nunca cesa.

Si rebobinamos la cinta y volvemos a la lógica del dominio de la que partimos antes, es posible comprender entonces por qué la política actual ha renunciado a su función normativa para convertirse en puro entretenimiento frenético.

La promesa moderna era simple: la política como técnica de lo real. Hoy, esa promesa se ha evaporado literalmente. Los líderes ya no se ocupan de las cosas, sino del feed. La política ha dejado de decidir; ahora se limita a emerger como un banal fenómeno de atención. No faltan ejemplos: lo vimos claramente en Italia durante la pandemia: la prioridad de muchos gobiernos no fue solo la gestión de una emergencia sanitaria, sino la gestión narrativa. ¿Quién hablaba primero? ¿En qué plataforma? ¿Qué frase se convertiría en meme antes de la noche? La política se redujo a producir una señal cada doce horas, obsesionada con ocupar el corto plazo y sacrificando cualquier visión a largo plazo. Fue una sucesión frenética de ruedas de prensa relámpago y microanuncios que servían solo para saturar la pantalla, para no dejar huecos a los adversarios. La narración sustituyó a la norma, y el objetivo político ya no era definir una estrategia, sino simplemente no desaparecer del radar de la opinión pública.

Esta política del feed ha acelerado la polarización, no tanto sobre los hechos, sino sobre la narración que los acompaña: uno se encuentra siendo "pro" o "contra" un eslogan, antes incluso de conocer una medida. La complejidad de los problemas (ya sean sanitarios o económicos) ha sido, y sigue siendo, sacrificada en el altar de un mensaje que debe ser por la fuerza simple, inmediato y masticable. Veo con preocupación cómo el papel del Parlamento y de las comisiones se está desvaneciendo, eclipsado por anuncios flash y transmisiones en directo en redes sociales que esquivan cualquier debate real. Se ha instaurado un mecanismo perverso donde el aparentar no solo precede al hacer, sino que termina por ocultarlo del todo. La política italiana pospandemia parece ya un ecosistema que se nutre de la saturación mediática: no importa si la acción es coherente, importa que la señal sea lo suficientemente fuerte como para cubrir el silencio.



El Plan Mattei para África, por ejemplo, se ha convertido en un caso emblemático de liderazgo anunciado antes de ser implementado. Se presentó entre mapas, cumbres y eslóganes solemnes, pero cuya eficacia operativa real sigue siendo completamente opaca si se compara con su machacona visibilidad retórica. Esta dinámica se repite idéntica en todas partes, ya se hable de crisis energéticas o de la emergencia de los migrantes: asistimos a un ritual de conferencias relámpago e informes urgentes que no son simples actualizaciones. Incluso los recientes ciclos de referéndums se han transformado en lo que yo definiría como un teatro semiótico: gestos simbólicos e imágenes diseñados para convertirse en vídeos cortos o memes, donde la democracia queda en un segundo plano. La regla se ha vuelto de hierro: el anuncio devora la norma y la imagen sustituye al proceso. La narración termina por reemplazar al juicio sobre los hechos. Si estamos sumergidos en actualizaciones continuas pero desprovistas de contexto, perdemos la brújula. Ya no sabemos qué se ha hecho realmente, porque el excedente de información no crea conciencia.

El esquema es global. En los Estados Unidos, la lógica es aún más explícita: los índices de aprobación de los presidentes dejan de oscilar en función de las políticas públicas y actúan en función de los picos de visibilidad, ya sean positivos o negativos. Para emerger en un mundo saturado se necesita una explosión que capture la mirada. De ahí el nacimiento de los líderes-evento y de las posiciones absolutistas. Encuentro que el tono apocalíptico de las últimas campañas americanas, ese gritar que “el sistema se está derrumbando”, debe leerse como una estrategia de atención cínica y racional, muy lejos de ser un simple delirio patológico. También en Europa el juego sigue las mismas reglas: los movimientos identitarios y los extremismos digitales han comprendido que interrumpir los procesos es mucho más eficaz que gobernarlos. Basta un vídeo viral o un gesto simbólico para producir ese pico de adrenalina colectiva: la radicalización se ha convertido, a todos los efectos, en la forma política de la dopamina. El problema, a mi parecer, es que la democracia requiere lentitud, pausas para el compromiso y tiempos muertos para la reflexión; el ecosistema técnico actual, en cambio, detesta el retraso. Desde Bukele en El Salvador, con sus dashboards en tiempo real, hasta las promesas de atajos institucionales en Francia o el Reino Unido, el elector actual castiga la paciencia. Si una decisión no llega en veinticuatro horas, el sistema la descarta inmediatamente como un fracaso.



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A menudo tengo la impresión de que la democracia se ha convertido en un software con demasiado ping, demasiado lento para los tiempos de la red. Muchos gobiernos han elevado ya la medición a imperativo moral, convencidos de que todo lo que es cuantificable es, por definición, gobernable. Y sin embargo, el dato es solo superficie. Pensemos en las smart cities asiáticas: utilizan modelos predictivos para anticipar todo, desde el tráfico hasta los delitos, pasando por los flujos sociales. El problema es que este funcionar "demasiado bien" termina por sellar esos intersticios donde el disenso podría aún respirar o tomar forma. También la Unión Europea se está deslizando en esta dirección, delegando la gestión de los migrantes o del clima a modelos técnicos y algoritmos de evaluación de riesgos. De este modo, la política deja de ser el espacio del conflicto y se reduce a una banal operación de optimización. Me asustan sinceramente los sistemas de bienestar automatizados que hemos visto en acción en el norte de Europa o en el Reino Unido: la fe ciega en el algoritmo no ha eliminado las desigualdades, simplemente las ha hecho más eficientes, racionalizando la injusticia bajo una pátina de neutralidad técnica.

Esta es la tecnopolítica: la ilusión de gestionar un mundo como si fuera ya perfecto. El elector de hoy ha dejado de procesar los programas electorales, prefiere deslizarse por ellos (scroll), y esto cambia completamente la naturaleza misma del consenso. Las microidentidades políticas que estallan y desaparecen en las redes sociales en cuestión de pocas semanas son ya puros fenómenos de atención, carentes de una raíz política real. Basta mirar las elecciones italianas desde 2013 hasta hoy: esa volatilidad absurda, con partidos que saltan del 2% al 30% para luego desplomarse de nuevo, me sugiere que el problema es la fragilidad de nuestra atención más que un cambio real de ideología. Incluso la guerra en Ucrania se ha consumido en oleadas emotivas, con picos de angustia seguidos de silencios siderales. Y sin embargo, la guerra no ha cambiado; ha cambiado el feed. La cultura política ya no tiene tiempo de sedimentarse, se limita a actualizarse como el software de una app, mientras la política deja de diseñar el futuro para reducirse a un mantenimiento de lo existente. Los programas electorales europeos se han convertido en fríos manuales técnicos, carentes de visión y obsesionados con los parámetros medibles. En este vacío de futuro, la derecha global lo tiene fácil para refugiarse en el pasado, entre mitos identitarios y nostalgias nacionales, y en esas retóricas del retorno que hoy están tan de moda, como el célebre "Make America Great Again". Es amargo admitirlo, pero es una señal inequívoca de nuestro tiempo: la única utopía que nos queda, paradójicamente, es precisamente el retorno. En un mundo que ya no sabe diseñar el mañana, la única huida posible se convierte en el refugio en un ayer idealizado.

En un mundo donde todo es hipertransparente, la teoría de la conspiración se convierte en un recurso antropológico, la sombra necesaria para respirar. Si miramos fenómenos como QAnon en los Estados Unidos, me parece evidente que no nos encontramos ante una simple patología política; es más bien el síntoma de un entorno tan iluminado que resulta cegador. Es la misma lógica que impulsa a parte del electorado de extrema derecha en Alemania: el atractivo no está en una propuesta política real, sino en la promesa de un trasfondo, en ese "nos ocultan algo" repetido como un mantra. En el fondo, ni siquiera importa saber qué nos están ocultando. Lo que realmente cuenta es la idea de que todavía existe un "allí afuera", un lugar invisible que el algoritmo aún no ha logrado mapear.

La conspiración se convierte, por tanto, en la única forma residual de trascendencia. El signo de una crisis que, antes incluso de ser ideológica, me parece casi endocrina. En este sentido, el cansancio ontológico es la verdadera cifra de nuestro tiempo: un agotamiento profundo que nace no tanto del producir, sino del esfuerzo de tener que elegir continuamente entre descartes producidos por otros. Vivimos en un mundo donde el exceso ha dejado de ser una promesa y se ha convertido en un protocolo rígido. Me parece claro que la sociedad tardoconectiva ha realizado una especie de operación quirúrgica sobre lo real, esterilizando cualquier dimensión opaca para maximizar la eficiencia y la legibilidad de todo. Si aceptamos la idea de que la emoción es una forma de conocimiento encarnado, la manera en que nuestro cuerpo interpreta el mundo, entonces este aburrimiento de los excesos no es un simple capricho. Es un síntoma cognitivo con todas las de la ley: la reacción colectiva a un mundo tan lleno que resulta plano, donde ya no hay espacio para el impacto de lo imprevisto.

Veo desaparecer el deseo en este escenario, precisamente porque ha sido privado de todas sus formas. Lo que un tiempo fue una fuerza transformadora hoy parece agotado. El aburrimiento, entonces, emerge como una paradoja vital: es el dolor sutil de un mundo que se ha vuelto demasiado claro para poder ser aún fértil. Lo considero el diagnóstico de una vitalidad impedida, el signo de una energía que sigue empujando pero permanece bloqueada. Más que un simple estado de ánimo, el aburrimiento actúa como un afecto-espía: nos señala que nuestras sociedades se han convertido en entornos de mantenimiento permanente. El monitoreo ha tomado el lugar de la exploración y la predicción algorítmica ha saturado cada espacio. Lo que sentimos es una emoción geológica: un depósito pesado generado por la capa compacta de lo obvio, una costra de previsibilidad que la tecnología ha sedimentado sobre nuestras vidas.

La cuestión está toda aquí: en el hecho de que hemos confundido la reducción de la incertidumbre con el aumento de la felicidad. El aburrimiento que llevamos a cuestas es precisamente su imposibilidad estructural dentro de una arquitectura del mundo que, con tal de eliminar la fatiga de lo imprevisto, ha terminado por asfixiar la energía de lo posible. La vía de escape, sin embargo, no puede ser un retorno nostálgico a lo indeterminado, ni un elogio ingenuo y romántico del vacío. Creo que se necesita algo más profundo: devolver a la experiencia su riesgo real. Ese espacio donde, en lugar de anticipar los resultados, aceptamos ser transformados por el impacto con las cosas. Contra esta geometría de la predicción se necesita una alfabetización de lo imprevisto, entendido como condición mínima y necesaria del vivir. El Laberinto no debe ser demolido, debe ser perforado. Necesitamos la incertidumbre para devolver espesor a lo que vivimos, para hacer que lo posible vuelva a ser algo vivo y no solo una opción en una pantalla. Es la única manera de devolver al deseo su fuerza, esa que no se conforma con un clic sino que exige un impacto. Quizás una nueva filosofía de lo humano comience aquí: desde el aburrimiento como síntoma de un entorno saturado, desde el deseo como resistencia al automatismo, desde el sentido como un acontecimiento que sucede —por fin— fuera de lo ya previsto.


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