Geopolítica para idiotas
- Andres Acosta
- 16 ene
- 9 Min. de lectura
Entre el tirano local y el imperio global

Vivimos en una época en la que la geopolítica ha sido degradada a un espectáculo moral. No se habla ya de intereses, de poder, de equilibrio o de soberanía, sino de “valores”, “democracia” y “liberaciones”. Las potencias no conquistan, liberan; no imponen, protegen; no saquean, ayudan. La guerra ha sido reempaquetada como gesto humanitario, y la injerencia como deber ético. El resultado es una infantilización del análisis político que no elimina la violencia, pero sí la comprensión de sus causas.
En este teatro global, Estados Unidos desempeña el papel de actor moral principal, juez y parte de un orden internacional que dice defender mientras lo moldea a su conveniencia. Como toda potencia imperial en fase de madurez avanzada, Washington no actúa movido por principios universales, sino por una lógica fría y persistente de intereses estratégicos, energéticos y financieros. No hay nada especialmente novedoso en ello. Lo verdaderamente sorprendente es que aún haya quien se muestre escandalizado cuando la retórica no coincide con los hechos.
El alineamiento sistemático de Estados Unidos con Marruecos frente a España en cuestiones como el Sáhara Occidental o el islote Perejil no responde a ningún dilema moral profundo, sino a una simple jerarquía de intereses. Marruecos es un socio preferencial en la región, un aliado funcional en el control migratorio, militar y geoestratégico del norte de África. España, en cambio, es un socio secundario, disciplinado y previsible, cuya lealtad se da por descontada. Cuando hay que elegir, la elección es automática. Y siempre se disfraza de pragmatismo responsable.
Del mismo modo, la ausencia de cualquier intento serio por parte de Estados Unidos de perseguir judicialmente a Mohamed VI por su presunta implicación en redes de narcotráfico no es una anomalía, sino una consecuencia lógica. Los aliados útiles gozan de inmunidad estructural. La justicia internacional, como los derechos humanos, se aplica de forma selectiva. No porque el sistema sea imperfecto, sino porque funciona exactamente como fue diseñado.
Este patrón no es nuevo. Tiene una genealogía clara que se remonta a la Doctrina Monroe, ese dogma fundacional según el cual todo el hemisferio occidental debía quedar bajo tutela estadounidense “para su propio bien”. En nombre de la no injerencia europea, Estados Unidos se arrogó el derecho permanente a intervenir, condicionar gobiernos, derrocar regímenes y rediseñar soberanías ajenas. Hispanoamérica no fue concebida como un conjunto de naciones, sino como un espacio de proyección, un patio trasero geopolítico donde la autodeterminación era tolerable solo cuando coincidía con los intereses del centro imperial. La retórica ha cambiado; la lógica permanece intacta.
La Doctrina Monroe no fue una anomalía histórica, sino el ensayo general del globalismo contemporáneo: una soberanía jerarquizada, donde algunos deciden y otros obedecen; donde la independencia es un privilegio revocable; donde la intervención se legitima siempre que se formule en el idioma correcto. Quien no entiende esto sigue creyendo que el imperialismo terminó cuando empezó a llamarse “orden internacional basado en reglas”.
Sin embargo, lo más grotesco de este panorama no es el comportamiento del imperio, sino la devoción casi religiosa de sus apologistas periféricos. Intelectuales de plató, analistas de consigna y ciudadanos bienintencionados que celebran cada movimiento de Washington como si se tratara de una cruzada moral. Incapaces de distinguir entre el rechazo legítimo a una tiranía local y la instrumentalización cínica de ese rechazo para fines geopolíticos ajenos. El caso venezolano es paradigmático. El régimen de Maduro no necesita defensores: su balance histórico es demoledor. Un país devastado, una economía arruinada, una sociedad empobrecida, una emigración masiva y una élite gobernante que ha sustituido la soberanía popular por un sistema clientelar, corrupto y represivo. Todo ello envuelto en una retórica antiimperial hueca, utilizada como coartada para justificar el saqueo interno y la perpetuación en el poder.
Conviene subrayarlo sin ambigüedades: el rechazo a la agenda estadounidense no implica, bajo ningún concepto, indulgencia alguna hacia el régimen chavistamadurista. Ese régimen ha destruido Venezuela desde dentro, ha vaciado de contenido sus instituciones y ha entregado la nación a una combinación de corrupción, militarización y dependencia externa.
No obstante, rechazar esa farsa no obliga —salvo para las mentes binarias— a abrazar el relato opuesto. Pensar que el interés repentino de Estados Unidos por “liberar” Venezuela obedece a un altruismo democrático es algo más que ingenuidad: es claudicación intelectual. A Trump, como a cualquier otro dirigente estadounidense, no le interesa la libertad de los pueblos, sino el control de los recursos. Los petrodólares, no los derechos humanos, son el verdadero motor de la política exterior.
Las paradojas del trumpismo no son contradicciones morales, sino coherencias estratégicas. Se ataca a Venezuela en nombre de la democracia mientras se apoya a regímenes abiertamente represivos si resultan útiles. Se bombardea en nombre de minorías perseguidas en unos lugares, mientras se ignora deliberadamente persecuciones mucho más atroces en otros. Se promueven “primaveras” contra ciertos regímenes islámicos, mientras se estrechan lazos con monarquías que financian el yihadismo global. Se denuncia el expansionismo ajeno mientras se reivindican anexiones propias en nombre de la seguridad. No hay hipocresía: hay imperio.
Arabia Saudí es quizá el ejemplo más obsceno de esta coherencia imperial. Una monarquía teocrática, sin libertades políticas, exportadora de wahabismo y principal patrocinadora ideológica del yihadismo global, convertida en socio privilegiado de Occidente. No solo se le perdonan sus crímenes: se le venden armas, se le ofrece cobertura diplomática y se la presenta como pilar de estabilidad regional. Todo ello mientras se pontifica sobre derechos humanos desde tribunas impecablemente climatizadas.
Siria ofrece otro ejemplo revelador. Tras años de guerra, el país ha acabado bajo el control de un nuevo liderazgo surgido de milicias islamistas, recicladas ahora en interlocutores respetables. El antiguo terrorista se convierte, por arte de diplomacia, en presidente “aceptable”. La barbarie no desaparece: se blanquea. La decapitación deja de ser un crimen para convertirse en un incómodo antecedente. La legitimidad no se obtiene por el origen, sino por la utilidad.
Aplaudir irreflexivamente estas dinámicas equivale a vender el alma a un diablo codicioso, pero con bandera democrática. Y, sin embargo, existe una legión de fieles dispuestos a hacerlo con entusiasmo. No porque hayan renunciado al pensamiento crítico, sino porque son incapaces de ejercerlo. Para ellos, criticar a Estados Unidos equivale a ser comunista; cuestionar el liberalismo global, a defender dictaduras; hablar de soberanía, a confesar un pecado ideológico.
Este colapso voluntario de la inteligencia no es un accidente, sino el producto de un sistema que ha sustituido el pensamiento por la moralina y el análisis por el eslogan. La geopolítica se ha convertido en una catequesis laica donde solo hay dos bandos posibles: los buenos y los malos. Y donde cualquier intento de situarse fuera de esa dicotomía es inmediatamente sospechoso.
En este contexto, la reestructuración geopolítica actual no responde a un conflicto entre democracia y autoritarismo, como repiten los catecismos liberales, sino a una recomposición de zonas de influencia en un mundo que ha dejado de ser unipolar. Las potencias emergentes no cuestionan el sistema por injusto, sino porque no lo controlan. Las potencias declinantes no lo defienden por justo, sino porque aún les resulta funcional. La moral es el barniz; el acero sigue siendo el mismo.
Europa, mientras tanto, asiste a esta transformación desde una posición cada vez más irrelevante. No porque carezca de recursos, población o historia, sino porque ha renunciado voluntariamente a pensarse como sujeto político. Convertida en un conglomerado administrativo, gobernada por tecnócratas sin pueblo y regulaciones sin nación, Europa ha cambiado la soberanía por la comodidad, la estrategia por el consenso y la política por la gestión.
Mientras Estados Unidos, China o Rusia piensan en términos de poder, influencia y proyección histórica, Europa debate sobre el lenguaje inclusivo, la fiscalidad verde o el tamaño reglamentario de las pajitas de cartón. No es una caricatura: es un síntoma. Cuando una civilización deja de tomarse en serio a sí misma, otros lo notan inmediatamente. Y actúan en consecuencia.
La paradoja es que Europa nunca había tenido tantas condiciones objetivas para recuperar su soberanía. El mundo multipolar, lejos de ser una amenaza inevitable, ofrece una oportunidad histórica para que las naciones europeas redefinan sus intereses, reconstruyan su autonomía estratégica y abandonen la tutela permanente bajo la que se han refugiado desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Pero esa posibilidad exige una ruptura previa: abandonar la comodidad del protectorado y aceptar el riesgo inherente a la soberanía.
La soberanía, hoy, es tratada como una mala palabra. Se la asocia automáticamente con autoritarismo, xenofobia o nostalgia reaccionaria. Es el último tabú del liberalismo global: todo puede cuestionarse excepto el marco mismo que priva a los pueblos de decidir su destino. En nombre de un universalismo abstracto, se despoja a las comunidades concretas de su derecho a existir como sujetos históricos.
Se predica la diversidad mientras se impone la homogeneización. Se celebra la diferencia siempre que no cuestione el sistema. Se habla de libertad, pero se reduce a la capacidad de elegir entre productos, no entre proyectos colectivos. El ciudadano se convierte en consumidor; la política, en administración; la nación, en obstáculo.
De ahí que resulte casi cómico observar cómo ciertos sectores celebran a líderes extranjeros como salvadores providenciales. Se odia al tirano doméstico, pero se aplaude al hegemon externo. Se denuncia la corrupción local, pero se justifica la injerencia global. Se critica la propaganda de unos, mientras se consume sin filtro la de otros. Todo ello bajo la ilusión reconfortante de estar del “lado correcto de la historia”, como si la historia tuviera un comité ético permanente.
El resultado es una ciudadanía desarmada intelectualmente, incapaz de pensar fuera de esquemas prefabricados. Para este tipo de mentalidad, la complejidad es sospechosa y la ambigüedad, imperdonable. Frente a ello, el desdén no es arrogancia, sino higiene intelectual. No todo merece ser debatido cuando el marco de discusión está previamente clausurado.
La cuestión decisiva de nuestro tiempo no es quién gobierna tal o cual país, sino quién tiene realmente el poder de decidir. Y hoy, ese poder no reside en los pueblos, sino en estructuras transnacionales opacas, mercados sin rostro y alianzas estratégicas asimétricas. Recuperar la soberanía no implica aislamiento ni autarquía, sino restituir la primacía de la decisión política frente a la imposición económica y geoestratégica.
Europa, si aspira a algo más que a una irrelevancia decorosa, debe reaprender a pensarse como sujeto histórico. Debe abandonar la ficción del moralismo permanente y asumir que la política es conflicto, elección y riesgo. La soberanía no garantiza la justicia, pero su ausencia garantiza la irrelevancia.
En un mundo que se reorganiza a golpes de realidad, seguir creyendo en cuentos edificantes no es virtud: es suicidio histórico.
Tal vez el mayor éxito del orden global contemporáneo no consista en gobernar el mundo, sino en haber convencido a los pueblos de que gobernarse a sí mismos es una mala idea. No fue necesaria una conspiración particularmente sofisticada: bastó con asociar la soberanía a todo lo que resulta incómodo —conflicto, riesgo, responsabilidad— y vender la tutela como sinónimo de madurez política. El resultado es un ciudadano educado para desconfiar de cualquier poder cercano y para venerar, con una mezcla de temor y gratitud, todo poder lejano. En este elegante estado de minoría permanente, el tirano local cumple una función pedagógica esencial. Existe para recordarnos, cada día, que la política propia siempre será más torpe, más corrupta y más peligrosa que la política ajena. Y cuando el tirano local cae —o es empujado—, no se celebra la emancipación, sino el cambio de tutor. La libertad, convenientemente redefinida, consiste entonces en obedecer a alguien más competente.
El caso venezolano ilustra esta lógica con una claridad casi didáctica. El régimen de Maduro, grotesco y ruinoso, ha devastado un país entero mientras declama soberanía con la boca llena de consignas y los bolsillos llenos de privilegios. Rechazarlo no requiere un gran esfuerzo intelectual. Lo verdaderamente exigente, en cambio, es resistirse a la tentación de convertir ese rechazo en una genuflexión automática ante cualquier potencia que prometa orden, dólares o redención democrática en cómodos plazos geoestratégicos.
Porque el imperio no libera: administra. No redime: gestiona. Y cuando interviene, no lo hace para que los pueblos decidan, sino para decidir por ellos de manera más eficiente. Que esta evidencia básica siga provocando escándalo solo demuestra hasta qué punto el análisis político ha sido sustituido por una forma laica de fe. Una fe que se ofende cuando se la contradice y que acusa de herejía a quien se atreve a preguntar por los intereses detrás de los valores.
Europa, por su parte, ha elevado esta renuncia a la categoría de virtud. Ha logrado algo notable: perder poder sin perder superioridad moral. Mientras delega su seguridad, su diplomacia y su autonomía estratégica, se consuela con la convicción de estar del lado correcto de la historia. Una historia, por cierto, que siempre avanza en dirección opuesta a sus declaraciones solemnes.
Quizá por eso la soberanía resulta hoy tan obscena. No porque sea peligrosa, sino porque es vulgar: obliga a ensuciarse las manos, a elegir sin garantías, a asumir errores propios en lugar de denunciar errores ajenos. Frente a ella, la gobernanza global ofrece una alternativa mucho más higiénica: decisiones sin responsables, poder sin rostro y consecuencias sin culpables.
Al final, no estamos ante una batalla entre democracia y autoritarismo, ni entre buenos y malos, sino ante algo mucho más prosaico y más inquietante: la disyuntiva entre pueblos que aceptan seguir siendo administrados y pueblos que se arriesgan a volver a decidir. Entre la comodidad ilustrada del protectorado y la incomodidad adulta de la soberanía.
Y como suele ocurrir en estos casos, lo verdaderamente imperdonable no es elegir mal, sino no elegir en absoluto. Pero esa, claro está, es una reflexión poco simpática. La libertad tiene un defecto imperdonable: no se delega.
Geopolítica para idiotas






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