La historia de Elsa
- Margherita
- hace 2 días
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All images © José De Rocco, courtesy of the artist
La historia de Elsa Sánchez de Oesterheld es conocida: fue contada en decenas de crónicas, artículos, entrevistas, libros y documentales publicados en medio mundo. Entonces, ¿qué puede sumar hoy mi voz a su historia, a casi once años de su muerte y medio siglo después del aniquilamiento de su familia? Nada, me digo: nada que no haya sido ya dicho, reconstruido, verificado, archivado.
Y, sin embargo, la urgencia permanece. Permanece el deseo de volver a contar, porque hay historias de las que no te cansás: aunque las conozcas de memoria, siguen pidiendo voz. Como los cuentos de la infancia: los sabés al detalle y aun así reclaman ser dichos otra vez, porque cada vez te mueven el corazón.
Esta es una historia maravillosa no por lo que sucede —que es inenarrable— sino por su trayecto: nace como un idilio, se vuelve un relato del horror y, aun así, se resiste a cerrarse en la ruina. Termina —a su modo— con un final feliz que no consuela ni repara, pero salva algo: la posibilidad de seguir siendo humanos después de lo inhumano.
La historia de Elsa nos recuerda que existen mujeres que atravesaron el infierno y no dejaron que el infierno fuera la última palabra. Por eso quiero contarla.
A Elsa la imagino así: una mujer viva dentro de un amor, una casa, una familia. Pienso en el amor con Héctor —el que viene antes de la tragedia y que la tragedia hiere, pero no borra del todo—. Pienso en su casa con jardín, en la vida doméstica, en las flores cuidadas como se cuida un mundo frágil. Pienso en los libros, en la música, en las charlas y las risas. Pienso en la ternura obstinada de un padre culto y amoroso, capaz de hablarles a sus hijas sin bajar el tono de la inteligencia. Y después están ellas: Estela, Diana, Beatriz y Marina, las cuatro chicas Oesterheld. No “las hijas”, sino cuatro presencias plenas —cada una con un rasgo, una energía, un secreto, una forma de coraje—.
Elsa, la gallega, y Héctor, el alemán, se encuentran una tarde de 1943 en el Círculo de Arquitectura de Núñez, en Buenos Aires. Ella tiene diecisiete años; él, veinticuatro. Elsa viene de una familia modesta: es alegre, curiosa, devora libros, ama la música y la danza, el teatro, y tiene esa energía luminosa de quien quiere todo de la vida sin saber todavía cómo hacerlo suyo. Héctor es un joven acomodado y un estudiante de geología algo desganado, mucho más interesado en la literatura que en la ciencia. Es tímido, introvertido y, sin embargo, siempre está rodeado de amigos. Habla idiomas, discute de filosofía, juega al tenis y sueña con convertirse en escritor. Es especial: sereno, educado, atento. Un cazanubes. Y un genio.
A la política —al menos entonces— le cree poco. Y del socialismo desconfía: le gusta repetir: “en Argentina el socialismo es calvo”. Una manera insólita —y lúcida— de decir que no existe, o que no prende.
Elsa y Héctor se enamoran, se comprometen y, cuatro años después, se casan. Los primeros tiempos son pura felicidad. Tras el nacimiento de la segunda hija se mudan a una casa con jardín en Béccar, en la zona norte. Ahí Héctor concibe y escribe El Eternauta, la historieta de ciencia ficción más famosa de todos los tiempos, que lo convierte en una celebridad internacional.
Héctor es un padre tierno y afectuoso: ama la naturaleza, la poesía, persigue mil proyectos. Es famoso, pero nunca se hará rico. Elsa es el baricentro de la vida familiar: trabaja en un banco, mantiene a flote ese pequeño mundo, cría a las chicas. Una familia feliz. Palabras de Elsa.
Con el tiempo el idilio se resquebraja. Elsa y Héctor se van alejando de a poco. Culpa del dinero, que nunca alcanza; culpa de la política, que irrumpe en la casa de los Oesterheld junto con los amigos de las hijas mayores.
Elsa observa, sacude la cabeza, desaprueba y calla. Siempre un paso atrás —y, sin embargo, firme al timón—. Héctor, en cambio, se entusiasma. Cambia día tras día, arrastrado por el fuego de sus chicas: por ese deseo feroz y hermoso de reparar las injusticias del mundo y de la Argentina. La política levanta un muro entre los dos: dejan de entenderse, viven vidas paralelas y distantes donde el único contacto verdadero sigue siendo el amor por sus hijas.
El punto de no retorno —el que sella una fractura ya irreparable— llega el 20 de junio de 1973. Dos millones de personas se reúnen en Ezeiza, el aeropuerto internacional de Buenos Aires, para celebrar el regreso de Perón del exilio. Héctor, Estela, Diana, Beatriz y Marina salen de casa a las cuatro de la mañana: quieren estar ahí, en medio de la multitud, en esa espera eléctrica donde se mezclan las dos almas del peronismo —la derecha y la izquierda— junto con una constelación de grupos y siglas que se miran con recelo.
Entre ellos también hay neofascistas, militares y ex policías, conducidos por José López Rega, hombre de confianza de Perón y de su esposa Isabel. De pronto la fiesta se da vuelta: aparecen los fusiles, silban las balas. Francotiradores y hombres armados disparan contra la multitud, apuntando sobre todo a los Montoneros y a los militantes de izquierda. Quedan en el suelo trece muertos, cientos de heridos. Es la masacre de Ezeiza.
Elsa está en casa. La noticia le llega por la radio, como llegan las catástrofes cuando no estás ahí: en una voz metálica, en frases cortadas, en números que no alcanzás a imaginar. Queda paralizada por el terror y el horror. Algo, en ella, se quiebra definitivamente.
Ezeiza marca un antes y un después en la vida de Elsa, de los Oesterheld, de la Argentina. Desde entonces la promesa se astilla, y la política —que hasta hacía poco podía parecer una fiebre generacional— se vuelve un presagio siniestro.
En septiembre de 1973 Perón inaugura su tercer mandato presidencial, pero ya no es sino la sombra retorcida del hombre que había sabido encender el corazón de tantos jóvenes argentinos comprometidos con la construcción de una “patria socialista”. A su alrededor, el poder real se desliza cada vez más hacia las manos del “brujo” López Rega y del dispositivo de terror que lo rodea: la Triple A, una milicia paraestatal que siembra miedo y odio con represiones violentas, secuestros y asesinatos políticos.
El 1° de mayo de 1974, durante el acto de Plaza de Mayo por el Día del Trabajador, se consuma la ruptura definitiva con el ala izquierda del peronismo. Desde el balcón de la Casa Rosada, Perón arremete contra la Juventud Peronista y los Montoneros: la plaza se parte, los cuerpos se mueven como mareas opuestas, y lo que queda es una fractura que no vuelve a soldar.
A partir de ahí la escalation se acelera. La violencia se vuelve normal, el aire se hace irrespirable. En menos de dos años llega otro golpe y, con él, el inicio de la dictadura más feroz que la Argentina haya conocido. Cuando, en marzo de 1976, comienza el Proceso de Reorganización Nacional —así bautizan los militares a la dictadura—, Héctor y sus hijas ya eligieron la clandestinidad. Entraron en una vida hecha de direcciones provisorias, nombres susurrados, citas fijadas a último minuto: una cotidianeidad que ya no se parece a la vida, sino a su sombra.
Unos meses antes —una tarde abrasadora, hacia fines de 1975— Elsa y Héctor se ven por última vez en una confitería del centro. Discuten sin levantar la voz, como se hace cuando ya no hay lugar para convencer al otro, sino apenas para constatar. Héctor le dice que va a dejar la casa de Béccar. Elsa escucha, registra, no objeta. Quisiera preguntarle: “¿Cómo es posible que hayamos llegado hasta acá?”. Pero no lo hace. Ya no hay tiempo, o ya no hay derecho a recriminar.
Sus últimas palabras son una súplica simple y definitiva: cuidá a las chicas.
El 19 de junio de 1976 empieza la serie de acontecimientos que, en menos de dos años, convierte la vida de Elsa en un desierto.
Beatriz, la tercera hija, es la primera en morir. Tiene diecinueve años. Esa tarde vuelve a casa después de un té con su madre en el Jockey Club de Martínez: un gesto burgués, ordinario, casi tranquilizador, como si la normalidad todavía pudiera proteger. A casa no llega.
Beatriz —María en la clandestinidad— es delgada, de rasgos finos: la nariz respingona, las pestañas largas, el pelo negro y lacio que le cae encima como un manto. Tiene una manera muy suya de estar de pie, quieta, balanceándose apenas sobre las piernas, como si el cuerpo buscara un equilibrio interno. Miente para no preocupar a su madre. Parece dócil, pero es inflexible, decidida. Frecuenta la parroquia y, por ese camino, empieza a hacer trabajo social en las villas: lleva vacunas y medicamentos, cambia pañales, toma mate con los jeans embarrados, organiza cursos de alfabetización.
Ese 19 de junio, cuando se encuentra con Elsa, Beatriz trae una noticia: decidió dejar la militancia e inscribirse en Medicina. Quiere especializarse en medicina social. Va a ser médica rural: ese —dice— será su modo de seguir la lucha. Elsa está feliz —aliviada, casi alegre— al escucharla. A las seis y media se abrazan, se despiden, se prometen verse pronto.
El cuerpo de Beatriz aparece a comienzos de julio, en un descampado cerca de la villa donde hacía trabajo social. Mientras tanto Elsa cae en un pozo de angustia e incertidumbre: está sola. Durante el día trabaja en el banco sin decir una palabra del drama que está viviendo; de noche busca a su hija, intenta en vano denunciar la desaparición, pero ninguna comisaría acepta la denuncia. Después, el 7 de julio, llega la citación: la policía la llama y la manda a la morgue para el reconocimiento.
Beatriz es la primera en morir, sí. Y también es la única cuyo cuerpo es entregado: la única con derecho a una tumba, la única a la que Elsa podrá llorar de verdad.
Treinta días después de Beatriz, cae Diana.
La segunda de las chicas Oesterheld se había instalado hacía tiempo en Tucumán, en el norte del país, con su compañero Raúl Araldi y su hijo, Fernando. Raúl estaba al frente de una pequeña unidad guerrillera escondida en la montaña, a la intemperie y con lo mínimo. Más que combatir, vivían entre el frío, el hambre y los rastrillajes del Ejército. Un grupo acorralado.
El 28 de julio, Diana —embarazada de seis meses— va a un encuentro. Un operativo los sorprende: quedan muertos en el suelo. Diana logra escapar y, antes que nada, pone a salvo a su hijo: lo deja fuera del alcance de las balas. Pero la fuga dura poco. El 7 de agosto la secuestran en la ciudad, cerca de una guardería adonde había ido a buscar noticias de Fernando.
A partir de ahí, la historia se rompe en zonas de sombra. Se sabe muy poco sobre su final: no sabemos si la mantuvieron con vida para que diera a luz; no sabemos si —y cuánto— la torturaron; no sabemos dónde ni cómo la mataron; no sabemos dónde arrojaron su cuerpo. Diana desaparece a los veintitrés años. Pocos meses después, la misma suerte alcanza a Raúl.
Los restos de Raúl serán identificados en 2010, en el cementerio de Tucumán, y entregados a Fernando. Fernando organiza el funeral: convoca a los amigos de su padre, a los antiguos compañeros de militancia. Lo entierra junto a sus padres en el cementerio de Chacarita, y por fin lo devuelve a Soledad, su madre, que nunca dejó de buscarlo.
Miro las fotos de Diana y la veo viva: sonriente, con una mirada orgullosa e inquieta, como si por dentro hubiera siempre un pensamiento de más, una pregunta indócil. Diana vestida de novia, en tiempos de su casamiento con Rudy, su primer amor, cuando escribía textos teatrales y actuaba; Diana con Fernando recién nacido, la cara cansada y luminosa a la vez; Diana de niña, apretando una muñeca contra el pecho.
Elsa la recuerda así: brillante, apasionada, explosiva, profunda; de gestos bruscos y definitivos, incapaz de fingir medias tintas. Una joven combativa y obstinada que iba hacia la vida con la cabeza alta, dispuesta a tropezar —como tropieza quien vive de verdad— y a pagar el precio de sus elecciones sin temor a las consecuencias.
Septiembre de 1976, las tres de la madrugada. Elsa, desvelada, mira la televisión para aturdirse, para no pensar, para no dejarse vencer por el dolor. De pronto, una explosión: los vidrios estallan, la casa tiembla, se oyen gritos. Irrumpe un grupo de hombres armados: la sujetan con violencia, le apuntan. Elsa piensa: ahora me toca a mí. Y, por un instante, acaricia la idea de la muerte como una liberación. Pero la patota no está ahí por ella: buscan a Héctor.
Elsa los deja hacer. Les habla con educación, frialdad, firmeza. Impone una sola condición: que la traten como a una señora. Porque ella es una señora. Los militares quedan desconcertados: no esperaban esa reacción, esa dignidad altiva. Registran, revientan la casa, buscan armas —y encuentran libros—. Porque Héctor, pese a todo, su batalla la peleó siempre y solo con palabras.
Al día siguiente Elsa junta sus cosas y se muda con sus padres. Su vida en la casa de Béccar terminó.
Héctor Oesterheld entra en la clandestinidad con más de cincuenta años. No es un hombre joven y está delicado de salud. Se maneja con las palabras y con las imágenes; con las armas no. Sus compañeros le dicen el Viejo.
En la clandestinidad sigue haciendo lo único que sabe hacer de verdad: pensar y escribir. Proyecta un taller de escritura que nunca se dará; trabaja en una nueva serie de El Eternauta; escribe guiones de historieta, anota, lleva mensajes, ata los hilos. Cada mañana lee La Nación y se impone una disciplina: darle a los días, en lo posible, la ilusión de la normalidad.
Más de una vez le ofrecen irse, ponerse a salvo afuera. Él se niega: no se irá mientras las hijas que le quedan sigan en la Argentina.
Hasta que, a fines de abril de 1977, sale y no vuelve. Lo secuestran en La Plata. Elsa recibe una carta de Marina: Héctor ha sido asesinado. No es cierto. Héctor queda detenido durante mucho tiempo, trasladado de un centro clandestino a otro, vivo al menos hasta 1978. En cautiverio sigue escribiendo como puede, cuando puede; juega al ajedrez, dibuja. Y deja huellas —encuentros, gestos— que quedan grabadas en la memoria de quienes sobrevivieron: el viejo que contaba historias.
Entre el 27 de noviembre y el 5 de diciembre de 1977 le toca a Marina, la menor. Nombre de guerra: la Pantera.
Cuando las hermanas entran en la militancia, Marina tiene catorce años. Es cerrada, introvertida como su padre, y crece bajo el ala protectora de las hermanas. Habla poco, le cuesta hacerse amigos en el colegio —tal vez porque nada le parece comparable a esos lazos absolutos que le regala su familia—.
Para un cumpleaños, la hermana mayor, Estela, le pinta una remera: una casa, un sol, una flor, una nena al volante, y una frase que es una caricia: “Marina, mi nena dulcísima”. Es un fragmento de infancia metido en los años en que pronto la devorarán.
A pesar de los esfuerzos de las hermanas por mantenerla al margen, Marina entra en la Columna Sur. La agarran cerca de San Isidro junto con su marido, Alberto —un chico al que Elsa nunca había conocido—. Marina tiene veinte años, está embarazada de ocho meses, y pasa por la vida como un golpe de viento.
El 14 de diciembre de 1977, el día de su muerte, Estela le escribe una carta a Elsa para decirle que Marina ya no está más. La cierra así: “Todavía hay mucho para dar en esta vida y muchas razones para seguir mirando hacia adelante. Te quiero”. Dobla la hoja, la mete en un sobre y sale a entregársela a una amiga de su madre.
En ese mismo momento, un operativo del Vesubio irrumpe en su casa y secuestra —entre otros— a su hijo Miguel. Casi al mismo tiempo, su marido Raúl Mortola, el Vasco, cae en una emboscada en una carnicería donde se había detenido a comprar algo para la cena: termina contra una pared, acribillado.
A Estela la sorprenden en la puerta de su casa los hombres de la patota. Está inerme, desarmada: le disparan igual y la dejan en el suelo, agonizando. Después la cargan en una camioneta como un bulto y se pierden en la noche. Tenía veinticinco años.
Estela es la primera luz y la última en apagarse. La imagino con los labios marcados por un hilo de rouge —lo justo para decir: “yo sigo acá”— y en los ojos una dulzura alegre, irresistible, capaz de enamorar. Tenía una elegancia natural que convertía cualquier cosa que se pusiera en una prenda única, y un temperamento de artista: cantaba de maravilla y pintaba como si los colores fueran un idioma. Era la chica que todos quieren: por su belleza y por ese aire de plenitud que arrastra a los demás hacia la vida. Pero ella, a los veinte, conoció al Vasco y recorrió con él el tramo final de su existencia, hasta el último día. Se comprometieron y, al cabo de menos de un año, ya estaban casados. Elsa recuerda que fueron los únicos que no se casaron por iglesia: no eran creyentes y no querían.
Detrás de su dulzura, Estela —en la clandestinidad: Marcela— sabía ser de hierro.
Después, todo ocurre demasiado rápido y demasiado lento a la vez, como en una alucinación o en una película defectuosa.
Mientras Estela agoniza, Elsa recibe la noticia de que Estela y Marina ya no están. Y recibe, también, el último regalo de Héctor. Ese mismo 14 de diciembre, un militar se presenta en la casa de los padres de Elsa con un nene asustado en brazos. Es Miguel, el hijo de Estela, secuestrado pocas horas antes.
Al entregárselo, el hombre le dice a Elsa que el chico pasó la tarde con el abuelo en la cárcel; fue Héctor quien le dio la dirección a la que debían llevarlo. Cómo llegó Miguel a la celda del abuelo, y por qué los militares decidieron devolverlo, queda como una pregunta sin respuesta. Y esa tarde —sentado en un banco de cemento, al lado del abuelo— queda como el primer recuerdo consciente de Miguel.
Elsa cuenta que, al enterarse de lo de Estela y Marina, su primera sensación fue casi de alivio. Ya está, se dijo: el calvario terminó. Después le cantó una ninna nanna a Miguel para hacerlo dormir.
A Elsa le llevó años volver a levantarse. Fueron años oscuros, amasados de silencio y miedo; años de incredulidad y de rabia contra la macabra ironía de la vida, que se lo había quitado todo en nombre de una causa en la que no creía —y que, más aún, rechazaba—. Años iluminados apenas por los nietos: su presencia la obligó a seguir y le enseñó, de a poco, a volver a vivir.
La desaparición de Héctor Oesterheld hizo ruido en el mundo. Intelectuales, ciudadanos, políticos, asociaciones se movilizaron para exigir su aparición; organizaron actos en su honor, le otorgaron premios y reconocimientos. En Europa, las editoriales siguieron publicándolo sin pausa. Elsa soportó ese fervor con gratitud —pero sobre todo con preocupación—.
Más tarde llegó el encuentro con Adolfo Pérez Esquivel, el activista argentino, ganador del Premio Nobel de la Paz, incansable en la denuncia de los crímenes de la dictadura. Fue él —en una conversación que se estiró hasta la madrugada— quien la sacó del letargo y la empujó a actuar.
Y así, entre 1981 y 1982, con el régimen todavía en pie pero ya agonizante, Elsa empezó a reclamar justicia y verdad. Lo hizo ante la Asamblea de las Naciones Unidas; lo hizo ante la CONADEP; lo hizo con las Abuelas de Plaza de Mayo. Y también en asambleas, en diarios, en escuelas, en la calle.
Después de la devastación de su familia, Elsa había creído que ya no quedaba esperanza para nada. Pero, con el tiempo, sintió que la tierra podía volver a dar frutos. Y entonces, durante más de treinta años, no se detuvo: recogió el legado de sus hijas y volvió a sonreír, y a conmoverse. Lo hizo por sí misma —por un principio, por solidaridad con sus compañeras de lucha—, pero sobre todo por los jóvenes: por esa “generación que no es indiferente a la injusticia, que no se alinea y sigue queriendo cambiar las cosas”. Como soñaban Estela, Diana, Beatriz y Marina.
Elsa había abierto una ventana. Había logrado transformar el dolor en amor y en lucha; se había reencontrado. Almorzaba cada domingo con sus nietos y bisnietos; mantuvo hasta el último día la esperanza de que reaparecieran los hijos de Diana y Marina y, sobre todo, fue capaz de volver a recordar el tiempo en que había sido feliz sin que ese recuerdo se volviera una culpa.
El 20 de junio de 2015 Elsa murió mientras dormía. Estaba en su casa. Tenía noventa años.
Su historia nos deja una promesa y, tal vez, una esperanza. Es la historia de una mujer que no se volvió estatua de sal, que no aceptó quedarse inmóvil mirando hacia atrás hasta consumirse. Acompañó los pasos de sus dos nietos; sostuvo un coraje cotidiano, paciente, doméstico: memoria y cuidado, palabras repetidas mil veces, una fe laica en la verdad. Elsa supo oponer a la desaparición la fuerza revolucionaria de la presencia, sin pedir venganza pero reclamando con obstinada perseverancia las identidades. Nos enseñó a vivir entre los escombros sin hacer de los escombros la única realidad posible.
El relato que Elsa mantuvo vivo sigue ahí, pidiendo voz. Y hoy, a medio siglo de distancia, la verdad está más que nunca bajo asedio.
El próximo 24 de marzo se cumplirán cincuenta años del golpe. Me pregunto qué forma grotesca elegirá el gobierno de Milei para “celebrar” la fecha: otra nota escalofriante, otro video seudohistórico.
Volverá la contabilidad: no 30.000, sino 20.000. O menos. ¿8961? ¿8753?
Después vendrá el barro: sobre las asociaciones, sobre los familiares, todos pintados como aprovechadores en busca de jugosas indemnizaciones del Estado. Y el paso siguiente: legitimar el negacionismo más infame. Ya no la teoría de los “dos demonios” —que pone en el mismo plano el terrorismo político y el terrorismo de Estado, como si el Estado pudiera ser terrorista y seguir siendo Estado—, sino un solo demonio. Y el terror como respuesta necesaria. Y la idea de que no hubo víctimas inocentes.
Pero la historia de Elsa y de su familia está ahí para decir que no es cierto. Una generación no fue aniquilada por estar compuesta de “criminales”: fue aniquilada porque sus ideas, sus esperanzas, su hambre de justicia daban —y siguen dando— miedo.
*Esta reconstrucción se basó en diversas entrevistas concedidas a lo largo del tiempo por la protagonista y en el libro Gli Oesterheld, de Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami, publicado en Italia por 001 Edizioni (2018).
La storia di Elsa




















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