Aquel que todo lo empequeñece
- Andrea Mennella
- hace 9 horas
- 5 Min. de lectura

¿Qué harían hoy un Napoleón o un Julio César? ¿Hacia dónde proyectarían su ambición las grandes figuras del pasado —caudillos, artistas, profetas— si hubieran nacido en nuestros días? ¿Se convertirían acaso en financieros, empresarios, influencers?
Son preguntas que abren una reflexión sobre el ocaso de las misiones colectivas, ofreciendo una clave para interpretar nuestro siglo: un tiempo en el que la única narración superviviente es la que cada uno posee únicamente para sí mismo.
Un rápido examen de la historiografía y de la sociología revela que, a lo largo de la trayectoria de las sociedades humanas, las élites tendían a ocupar predominantemente roles dentro de la esfera política, militar, religiosa, académica e intelectual. En estos ámbitos, el ejercicio de la potencia individual —en sentido nietzscheano— se entrelazaba con funciones de legitimación colectiva, inscritas en narraciones compartidas de destino común.
Una combinación de factores materiales y culturales que no profundizaremos aquí —la revolución tecnológica, la hegemonía estadounidense, el paradigma económico neoliberal— ha desplazado progresivamente el centro de gravedad hacia formas de acumulación y legitimación individuales, desligadas de proyectos colectivos.
La esfera pública conserva formalmente sus arquitecturas institucionales, pero tiende a reducirse a un mero aparato regulador de flujos económicos, perdiendo toda centralidad y capacidad de movilización colectiva. El campo de la acción política aparece hoy farragoso, asfixiado por la burocracia, carente de atractivo y de salidas concretas; un eclipse que favorece el ascenso del mercado como mejor plano de acción posible.
Este último se presenta, de hecho, como una arena dinámica, eficiente y escalable: un teatro de competencia individual, generalizada y permanente, donde el sujeto es empujado hacia una lógica de autooptimización y acumulación incesante. El beneficio se convierte en la única medida del estatus y del éxito, la última forma degradada de aquella voluntad de poder que ya no crea mundos, sino que acumula cosas. Es en este escenario donde se consuma la mercantilización integral de la existencia: una tiranía ontológica que comprime el horizonte de la visión humana en un único punto asfixiante: dentro de uno mismo.
“¿Qué es el amor? ¿Qué es la creación? ¿Qué es la Sehnsucht? ¿Qué es una estrella?” — así pregunta el último hombre… y guiña el ojo. La tierra se ha vuelto entonces pequeña y sobre ella salta el último hombre, aquel que todo lo empequeñece.(F. Nietzsche, Así habló Zaratustra)
El último hombre no cree en la creación como poiesis, en una estrella más alta, en el Amor como opuesto de lo útil y del beneficio; se limita a guiñar el ojo con cinismo, henchido del pragmatismo de quien persigue con seguridad su bienestar individual, su “felicidad”, en el desierto de la nada. Las grandes narraciones —nacionales, religiosas, ideológicas— han perdido su fuerza, y con ellas la autoridad moral de las jerarquías de larga duración. Lo que se deriva de ello es el desarrollo reciente de nuevas élites, articuladas en torno a dos polos complementarios y dominantes.
Por un lado, una oligarquía de la imagen: visible, hambrienta de atención e influencia. Por otro, una plutocracia invisible, fortalecida por la posesión patrimonial y el control financiero.

La primera se refracta en la cristalización fragmentada del espectáculo virtual siempre encendido. Los mecanismos egocéntricos de las plataformas sociales —cuantificación de popularidad, deseo, interacciones, estatus—, desarrollados no por casualidad en el seno de la “cultura” estadounidense, han amplificado y promovido tendencias individualistas, creando microburbujas narcisistas que se abren paso a codazos mediante contenidos para inflarse en su pequeña vitrina individual.
Aquí el poder no se mide en control, sino en atención. No se posee: se aparece y se publicita. La visibilidad reina sobre la virtud, todo se aplana sobre la superficie de la pantalla. Roles que antes eran distintos —artista, político, empresario, periodista— se diluyen en una única figura de exhibición permanente, convertidos en mercancías humanas caracterizadas por un personal branding, sometidas al imperativo de la transparencia expositiva.
De manera especular, en la cumbre opaca de la pirámide global se concentra una élite que rehúye deliberadamente la visibilidad pública, operando de forma discreta y estructural. Son los verdaderos custodios de la riqueza, de los inmensos flujos de dinero que corren abundantemente por los pasillos de las altas finanzas, donde opera una pseudoaristocracia exclusiva y silenciosa: banca de inversión, private equity, family offices, fondos y holdings globales.
Aquí el poder rehúye la publicidad: no necesita seguidores ni consenso, porque posee un control efectivo que tiene todo el interés en mantener un perfil bajo. Actúa tras cristales opacos, en un espacio líquido y transnacional en el que pueblos, leyes y fronteras son superados y subordinados. En este contexto, el poder se ejerce a través de palancas técnicas y gerenciales —valoraciones de activos, apalancamiento financiero, compraventa de empresas— por parte de una élite de propietarios que no requiere consenso público ni legitimación moral, desvinculada de cualquier arraigo histórico-nacional. De este modo, se impone gracias a un poder superior al de las desgastadas instituciones políticas democráticas.
Si la masa compite bajo la luz de los reflectores virtuales disputándose la mirada, la pseudoaristocracia financiera posee las palancas. En ninguna de estas dos categorías puede decirse que el éxito personal esté vinculado de algún modo al de un grupo social, a un bien colectivo, a una idea o a un valor que trascienda al individuo y esté arraigado en una historia.
Como coronación de esta deriva de vacíos comunitarios y reducción a lo económico, las grandes empresas se erigen en sustitutos de los “cuerpos intermedios”. Privadas de fundamentos simbólicos, intentan colmar la ausencia de raíces mitopoéticas dotándose de un aparato de artificios comunicativos: brand identity, corporate storytelling, mission statements, purpose-driven narratives… toda una gama de anglicismos que describen dispositivos de marketing destinados a imitar, parodiándolo, el contenido narrativo y simbólico que en otro tiempo pertenecía a las comunidades históricas, a las instituciones religiosas, a las grandes narraciones ideológicas y nacionales.
En el mercado elevado a único plano de acción del polemos, la empresa intenta torpemente vestirse de “alma” para generar pertenencia y carga emocional, supliendo la falta de sentido intrínseca a su única y escueta razón de ser: el beneficio.

A falta de fines superiores compartidos, de batallas ideales y políticas, el mercado es el lugar en el que el poder sustituye a la potencia: es decir, donde el proyecto individual ocupa el lugar de la capacidad de encarnar un destino colectivo. Es en esta configuración existencial donde triunfan los rasgos de carácter más funcionales a la competencia permanente entre mónadas atomizadas: performatividad incesante, narcisismo virtual, cálculo instrumental.
La ética, los principios morales, las virtudes cívicas, todo aquello que excede la pura racionalidad económica tiende a perder estatus, convirtiéndose apenas en un obstáculo en el camino hacia el éxito personal. En esta progresiva reducción del sentido al rendimiento, las dos caras eminentes de la racionalización contemporánea —digitalización y financiarización— funcionan como un fiel instrumento para sondear la entidad de la nada; nuestro tiempo aparece como la cima de una montaña invertida a lo largo del eje del significado.
“Una generación consagrada, más que la anterior, al miedo a la pobreza y a la adoración del éxito, que llegó a la adultez para descubrir que todos los dioses habían muerto, todas las guerras habían sido libradas y todas las fes en el hombre vacilaban ya…”(F. S. Fitzgerald, A este lado del paraíso)
El artista, como la antena más sensible al viento de su tiempo, ya había percibido en la América de hace un siglo la ambición degradada en mera avidez, la atomización elevada a destino, el valor individual erigido en medida de todo. Es el Sueño Americano: allí, entre sus nubes, las fes se han extinguido, todo se ha empequeñecido, y el individuo queda prisionero de sí mismo; mónada-mercancía que ya no encuentra expresión en el puente de un barco, sino que se aferra a la balsa de su propio yo para orientarse en el mar de la nada, sin una estrella que lo trascienda y le indique un camino.
La única ancla residual es el culto de sí: un simulacro pequeño y frágil, sin color, fuera de la historia e impermeable al amor.
Aquel que todo lo empequeñece






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