top of page

El Enemigo

Il Nemico

Jueves 18 de diciembre, ANSA: “Esta mañana el Tribunal de Apelación de Milán ha confirmado 13 condenas de 4 meses para otros tantos militantes de extrema derecha por manifestación fascista, por aquellos saludos romanos, el 29 de abril de 2018, en el cortejo que se celebra cada año en memoria de Ramelli, miembro del Fronte della Gioventù asesinado por Avanguardia Operaia en el ’75”.


A pesar de las numerosas absoluciones firmes dictadas en casos análogos, la sentencia citada en este artículo —y algunas otras anteriores— va a contracorriente respecto a la orientación dominante, además respaldada por una tajante resolución del Tribunal Supremo (Casación, Secciones Unidas, n.º 16153 de 2024): el saludo romano no es, por sí mismo, delito, salvo que, atendiendo al contexto global en que se produjeron los hechos, exista un peligro concreto de reorganización del disuelto partido fascista o la persecución de fines antidemocráticos y discriminatorios —interpretando así, respectivamente, la Ley Scelba y la Ley Mancino, con referencia a la misma sentencia de Casación que habría debido restringir la punibilidad de estas conductas.


En el caso concreto, ¿cuáles son los hechos y cuál es el contexto? Una masa —informe en lo sustancial, uniforme en los gestos— de nostálgicos, dispuesta militarmente, conmemoraba el brutal asesinato de un joven de derechas a manos de jóvenes extremistas de izquierdas durante los años de plomo, alzando al cielo el brazo derecho extendido y gritando con decisión, tres veces, “presente” al pronunciarse el nombre del “camarada” víctima, para luego romper filas; un rito que se repite desde hace tiempo, también por otras víctimas de crímenes similares (por ejemplo, en Roma, ante la antigua sede del MSI en via Acca Larentia). “Sergio Ramelli, Benito Mussolini, Pueblo Italiano, Democracia, aquí estamos”: esta es, según el resultado del proceso, la lectura del episodio. El recuerdo colectivo de una vida truncada por quienes se ensuciaron las manos en el mismo fango en el que estaban sumergidos aquellos de los que los nostálgicos, al menos por cercanía, parten. La gestualidad es idéntica: evoca orden y obediencia, pilares del modus vivendi fascista. Las finalidades no pueden darse por supuestas.

Partiendo de la sentencia citada, vayamos más allá: ¿qué hace “necesarias” las modalidades evocativas adoptadas por los nostálgicos? ¿Simple nostalgia? ¿Pura pasión? Si es así, ¿pasión “histórica”, por los viejos tiempos teatralmente exaltados? ¿O por el orden y la obediencia, pan y agua de los italianos durante el encierro temporal del Ventennio?


El binomio orden-obediencia se interioriza en quien ansía el poder de día y lo sueña de noche. Desde los años del milagro económico (entre los ’50 y los ’60), con el progresivo aplanamiento de las clases sociales tradicionales —barridas con dócil prepotencia por la civilización del consumo—, los italianos vuelven a soñar a lo grande, como durante el régimen fascista: solo que ya no hay un caudillo de carne y hueso que agite carismáticamente a las masas, que las embriague con discursos estruendosos de retórica vacía; en su lugar hay un Poder impersonal, discreto, que guía de golpe a las masas —italiana y de la mayoría de los países de economía avanzada— sin hacer suficiente ruido como para poder llamarlo un golpe consumado. El italiano medio se relaciona así con el nuevo Poder como nunca antes.


En el Ventennio era solo una minoría la íntimamente sometida a la ideología fascista, mientras que la mayoría, una vez silenciadas las fanfarrias y retirados los ropajes del folclore autoritario, volvía en lo esencial a su cotidianidad —en hábitos—, acorde con la cultura particular de pertenencia: entre ellas, para la mayoría de los italianos, la cultura campesina, artesanal, obrera y pequeño-burguesa; distinciones culturales ya entonces en lento declive, a causa de la nacionalización mistificada de los ideales campesinos realizada por el régimen (disciplina, obediencia, austeridad y sacrificio) y, más materialmente, del afianzamiento del modelo pequeño-burgués como el más “adecuado” para los caprichos del consumo, con el que estimular la economía nacional y, subrepticiamente, homogeneizar las costumbres.

En la posguerra, las masas, cansadas del hambre, del frío y de las bombas, son conducidas por este Poder desconocido al recinto de la libertad “permisiva”: puede parecer antitético pero, en los años fascistas de la represión, las elecciones comunes de los ciudadanos no fielmente, sino formalmente adheridos al régimen —por tanto, como se ha dicho, casi la mayoría— eran en la práctica más libres de lo que lo son ahora, en la era de la permisividad.


Aun admitiendo la mejora general de las condiciones de vida de la mayoría —y, por tanto, el aumento del bienestar material: más desarrollo y menos progreso—, los italianos han sufrido un verdadero saqueo de valores por parte del Poder, encontrándose, en pocos años, parte de una única clase de Iguales; no en el sentido más alto del término, sino en el más degradante: iguales en necesidades, aspiraciones, placeres, miedos, vestimenta, lenguaje y, en general, en comportamiento y pensamiento —sobre todo, como ya se ha dicho, según el modelo pequeño-burgués. El entumecimiento del “libre albedrío”.


Y no, no me alegraría ante un evidente genocidio de la diversidad cultural, el caro precio del bienestar material difundido. Esto ha permitido sin duda aumentar la esperanza de vida pero —precisamente— ¿a qué precio lo hemos pagado? ¿Quizá había que detenerse a mitad de camino? Una solución de compromiso entre el desarrollo sin progreso y la permanencia de las históricas desigualdades de clase, la “mala suerte” de haber nacido en una familia pobre: hemos ido demasiado lejos; el capital galopa, la humanidad cojea.


Además, la percepción de esa “mala suerte” se ha agudizado cuando el modelo de vida preestablecido se convierte en el pequeño-burgués. Antes de ese paso, el proletario, aunque en condiciones económicas no óptimas, no cargaba espiritualmente con la obsesión de satisfacer necesidades distintas de las culturalmente propias; después, pudo gozar del bienestar material (unos más, otros menos), pero al precio de llevar consigo el peso de “haber nacido en la familia equivocada”, al ser incapaz de satisfacer esas necesidades impuestas por el Poder mediante la homogeneización cultural —repito: centrada en el modelo pequeño-burgués.


Se trata de una pseudo-libertad que, más que liberar, obliga a la persona a ser libre, se lo permite —como un padre permite al hijo salir y volver a cualquier hora, pero, si le da la gana, espera que vuelva a casa con el látigo en la mano. ¿Cómo? En primer lugar, utilizando los medios de masas tradicionales, como los periódicos y la televisión, y los smartphones contemporáneos (convertidos ya en un componente biónico del ser humano actual), el Poder condiciona diabólicamente a los usuarios-consumidores (ya no solo ciudadanos), sirviéndose de herramientas adicionales, aparentemente inocuas, a veces simpáticas y atractivas, como la publicidad, orientando y, en ocasiones, creando las necesidades de la masa.


En segundo lugar, son engranajes de este Poder los personajes públicos (Debord los llama “estrellas”) —no todos, claro, pero una buena parte— que, mostrándose apreciados, mundanos, sonrientes, despreocupados, esculpidos, económicamente libres, se convierten en ídolos de la “gente común”, que entonces fantasea y envidia aquello que televisión, smartphone, publicidad y esos mismos personajes públicos —entre ellos los influencers de hoy— elevan, con culpa o sin ella, a elementos de la existencia ideal: una existencia hedonista, del placer como fin en sí mismo.


Ahora bien: el ser humano siempre ha tenido sed de poder. La posibilidad de incidir directamente en la vida de otros sujetos es, de hecho, una extensión de la propia capacidad de actuar sobre otros cuerpos; por eso, una vida (la del poderoso) se llena de sentido con otras vidas sobre las que se ejerce una fuerza más o menos intensa, capaz de determinar de distintas maneras este o aquel movimiento, este o aquel razonamiento ajeno.

La peculiaridad contemporánea es esta: el sujeto todavía sueña con detentar el poder tradicional, estrictamente político, aunque, con cada vez más fervor, desea el poder del capital —que también puede implicar el político. El primero puede conquistarse mediante fuerza física o psicológica, según la organización comunitaria; el segundo es más opaco, difícil de definir, pero de brutalidad mayor.


A diferencia de los fascistas “tradicionales”, que lo eran por sentimiento (pocos) o conformismo (muchos), hoy el ciudadano-usuario-consumidor solo puede monstruificarse en ese sentido por puro conformismo, mezclado con condiciones de vida medianamente cómodas (casi todos tenemos comida, una nevera, agua corriente y caliente, un sofá, una televisión, entretenimientos varios, etc.), alimentado a cucharadas por este Poder sin forma cuyo fin es homogeneizar de una vez por todas a las masas; por eso se revela más totalitario que todos los totalitarismos históricos: ¿cómo puede una persona comprar compulsivamente para luego guardar, tirar o vender y volver a empezar su ciclo personal de producción? ¿Por pura pasión e inclinación personal? ¿Cómo puede gestionar su existencia como si fuera el director general, el comercial, el publicista y el encargado de almacén de sí mismo?


Si el totalitarismo de ayer, reconocible y por tanto combatible, agarraba y arrojaba a la cabina electoral, hoy nos deja libres a pastar, sin ni siquiera silbar, pero en una tierra envenenada por responsables desconocidos e incontestables. Esos venenos eran inexistentes durante el Ventennio: entonces la represión —también un veneno, pero distinto— era concreta, visible, golpeaba sin miramientos, pero no llegó al punto de transformar definitivamente al italiano medio; tanto es así que, caído el régimen y terminada la guerra —salvo los verdaderos fieles—, fue un poco todo “Bella Ciao”. Después, en cambio, ciertos venenos sí han realizado una revolución, aunque “gentil”.


Ayer no se soñaba con sustituir al Duce para quitarle el fez; como mucho, se participaba de sus manías de protagonismo, de su heroísmo (“pillería heroica”). Hoy se sueña con sustituir, o flanquear, a los “nuevos amos” para seguir perpetuando la explotación milenaria de los cuerpos, ahora integrada por su forma contemporánea: la explotación de las mentes; optimizarse no día a día, sino minuto a minuto; sacrificar egoístamente la propia serenidad por un mayor “beneficio social” en las relaciones interpersonales, utilizable para inflar el propio egoísmo. Una lucha diaria con uno mismo para adquirir pequeñas cuotas del nuevo Poder con las que cumplir la ansiada “autorrealización”, entre las trampas más inhumanas del neoliberalismo, socio del Poder.


Ya en los años ’70, Pasolini había trazado un cuadro tan opaco como brillante de este nuevo Poder (pequeña digresión: el mismo intelectual que hoy es apropiado con celo por la derecha nacional-popular —desde que habita en Palazzo Chigi—; según Mollicone, Pasolini estaría honrado de ser comparado con Kirk… qué bonita estampa; además del uso —por parte de demasiados—, fuera de lugar, de la expresión “el fascismo de los antifascistas”, como si no se supiera a qué se refería PPP).


Saquemos conclusiones: ¿hoy los nostálgicos en fila con el brazo extendido son fascistas? Podemos decir que ya en las conmemoraciones se encuentra el sentimiento, auténtico o heredado, de lo que Pasolini llamó fascismo arqueológico, el del Ventennio, del que hoy quedan ideas (algunas modeladas sobre la realidad contemporánea, conservando su rudeza o suavizándola), gestos, bustos y párrafos en los libros de historia. Sin embargo, la resonancia mediática de estas recreaciones —aunque legítimas en su intención conmemorativa— es tal que, en un contexto en el que la opinión pública es fácilmente manipulable y el pensamiento crítico está fuertemente anestesiado, el italiano medio podría, sin demasiados reparos, ponerse del lado de los nostálgicos, porque —aunque con modos discutibles— recuerdan a un joven militante asesinado por el odio ideológico opuesto. Esa ambigüedad es la que debe ponerse en cuestión. El riesgo es la normalización de esos gestos y de esas formaciones paramilitares, por lo que no es improbable que la historia regurgite lo que parecía digerido.


Por tanto, el hecho de crónica judicial citado al inicio parece sugerir que, a la luz del actual ordenamiento jurídico y del actual contexto social italiano, el órgano judicial consideró oportuno mantener bajo estrecho control una costilla de la carcasa del fascismo tradicional, para evitar olores de muerte.

Como prueba de la potencia de estos ecos históricos, se puede observar cómo hoy ciertos jóvenes se sienten fascinados por el Ventennio, imitando alguna cancioncilla y haciendo “humor negro”; creo, sin embargo, que se trata más de emulaciones gamberras que de verdaderas tomas de conciencia; aunque, sin pensarlo, algunos terminan normalizando ciertas ideas y gestos, dejando de percibir la incomodidad histórica y captando solo la dimensión bufonesca de aquellos años —con la complicidad de las redes sociales, donde todo parece aceptable y, al mismo tiempo, prohibido. Error que lleva a minimizar —o, quizá peor, a permanecer indiferente— ante episodios de violencia o intimidación reconducibles al método fascista, cometidos indistintamente por jóvenes de extrema izquierda y extrema derecha (o supuestos tales). Actos asimilables, contextualizando con mucha cautela, a los utilizados por los terroristas “rojos” y “negros” en los años de plomo: hoy no existe ni remotamente aquel clima de tensión, pero, entre violencia “roja” y “negra”, la mayor diferencia está en el uniforme del agente, mientras que esas conductas y esos ideales siguen siendo hijos de la neurosis y del conformismo.


Por tanto, hay que repudiar con firmeza todo aquello que sea, a la vez, reconducible al fascismo mussoliniano (aunque solo metodológicamente) y realmente amenazante para los valores de libertad, igualdad y democracia consagrados en nuestra Constitución, y por tanto para la convivencia pacífica. Frente a otras manifestaciones que no entran en esta tipología, no creo que deba prestárseles demasiada atención, pero tampoco conviene permanecer indiferentes.


El riesgo claro es combatir al Enemigo en un frente dejando desprotegido el frente más amplio. ¿Cuál? El que se disputa con el “nuevo Poder” (ya descrito) y una de sus nuevas formas: si el nuevo Poder puede definirse “el nuevo fascismo” y por fascismo entendemos “prepotencia totalitaria”, esta nueva forma a la que aludo podría definirse “el fascismo de última hora”, igualmente opaco y difícil de encajar.


Propongo una de las máscaras que utiliza: el fascismo digital, quizá la más evidente. Las redes sociales, gobernadas por algoritmos desarrollados según las directrices de los “nuevos amos” (ante todo, las big tech y los grandes fondos de inversión privados), han pedido la vida humana y se la hemos dado, recibiendo a cambio una existencia digital cuyas “leyes de la naturaleza” no son más que órdenes impartidas por esos mismos algoritmos, a los que nos exponemos y gozamos —o nos atormentamos— porque, en el home y en el “para ti”, consumimos justo lo que queremos, según nuestros intereses, extraídos en silencio por plataformas cada vez más conectadas capilarmente.

Las notificaciones son las nuevas porras: no dejan moratones en la carne, pero diluyen la concentración e imposibilitan cualquier tregua del mundo digital. Eso impacta notablemente en la realidad concreta, que se convierte en el resultado de una porción de vida vivida en la red, de manera casi totalizadora, en la medida en que las únicas decisiones verdaderamente autónomas son poner o no poner like, repostear o no ese contenido —sin negar con ello el valor positivo de las redes sociales. Podemos sí modificar y revocar autorizaciones para la elaboración de perfiles, pero eso no significa volverse realmente independiente de los mecanismos algorítmicos.


No significa que ya no vivamos: significa que estamos viviendo, otra vez, en una forma distinta, ese desarrollo sin progreso que necesariamente hay que equilibrar —con beneficios asociados, aquí, a la difusión cultural y a la ampliación de los vínculos sociales. A esto se suma el flujo de datos e información, tan abundante que desorienta al usuario medio, ya poco acostumbrado al papel impreso, y la expansión de las inteligencias artificiales, tanto en usos civiles como militares: recursos tan potentes y útiles como destructivos, dadas la ignorancia humana y la vida humana.

En todo esto, ¿quiénes son los antifascistas? ¿Qué deberían hacer? Sin ponerme ex cathedra, dada la relevancia hoy relativamente limitada (aunque no nula) de los restos del fascismo tradicional, creo que el antifascismo debe reconocer y combatir también las nuevas formas de fascismo.


Teniendo en cuenta todas las premisas anteriores, habría que fijar en la opinión pública la idea de que el antifascismo, como “lucha contra la opresión”, no se dirige solo a los bustos y a los brazos extendidos, con métodos similares a los de los propios fascistas “arqueológicos”; de lo contrario, la reactancia psicológica golpearía demasiado a fondo al italiano medio, que identificaría al antifascista como “la garrapata” —del mismo modo que, alternativamente, al crítico se le etiqueta de comunista o de fascista.


Entonces habría que estrechar un nuevo vínculo con los italianos para ser capaces, no de comunicar objetivos, sino de hablar con franqueza, de adoptar una postura humilde; de lo contrario sería imposible instaurar una relación constructiva al margen del fin, porque los antifascistas, en lo ideal y en lo material, no pueden seguir refunfuñando entre ellos: deben humanizar el vínculo con la masa, cada vez más indiferente y mimada por otros sujetos que han entendido muy bien cómo seducirla con eficacia.



Al mismo tiempo, el antifascismo no puede seguir con el punto de mira fijado en el mismo frente mientras,

en los otros, el Enemigo avanza.




Comentarios


© 2025 L' Idiot All rights reserved

bottom of page