Europa y Rusia: historia de una frontera por definir
- Emanuele Bocchia
- hace 3 días
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Rusia puede considerarse uno de los países más interesantes desde el punto de vista cultural. Al ser el punto de encuentro entre Asia y Europa, a lo largo de su historia ha compartido costumbres y modelos políticos de ambos continentes. Pero ¿los límites del continente europeo incluyen también el territorio ruso?
El dilema de las fronteras orientales de Europa se remonta a la Edad Media, cuando Rusia no se concebía como parte de Europa en ningún sentido. Solo después de la caída de Constantinopla, el liderazgo de la Iglesia ortodoxa pasó al Gran Ducado de Moscú, que se proclamó custodio de los valores ortodoxos heredados de Bizancio, definiéndose como la “Tercera Roma”.
Pedro el Grande
A partir del siglo XVIII, tras el Tratado de Nystad, Rusia vivió con el zar Pedro el Grande su primera gran reforma de modernización basada en el modelo europeo. A su regreso de un viaje por Europa, Pedro I decidió construir un aparato estatal moderno inspirado en las monarquías del siglo XVIII, como Francia, Austria e Inglaterra. San Petersburgo fue transformada arquitectónicamente para asemejarse a las capitales europeas; el ejército se reformó y se volvió más eficiente, demostrando grandes capacidades en las guerras contra Suecia. En aquellos años, europeístas fervientes como el abate de Saint-Pierre llegaron incluso a teorizar una federación de Estados europeos que incluyera a Rusia, un país que Montesquieu había considerado bárbaro apenas unos siglos antes.
A partir de entonces, la frontera de Europa empezó a situarse cada vez más hacia los montes Urales, integrando de forma más directa al Imperio ruso en el tablero de las potencias occidentales. Soberanos como Catalina la Grande o Alejandro I son ejemplos de líderes fuertemente próximos al modelo de pluralismo europeo.
Occidentalistas y eslavófilos
En el siglo XIX, el pensamiento ruso respecto a la sociedad europea se dividió en dos corrientes: los zapadniki u “occidentalistas” y los “eslavófilos”. Los primeros veían en la sociedad europea los valores a los que Rusia debía aproximarse, como consecuencia natural del camino iniciado por Pedro el Grande. Los eslavófilos, en cambio, sostenían una visión contraria a los valores occidentales, criticados por su extremo individualismo; promovían la solidaridad entre los pueblos de etnia eslava, subrayando los valores de la tradición rusa y su cristianismo ortodoxo.
La Revolución rusa
Con la revolución bolchevique y el fin del Imperio ruso, las relaciones entre Rusia y Europa se deterioraron drásticamente, desplazando de nuevo la frontera europea a los límites rusos y ya no a los Urales. Sin embargo, las ideas revolucionarias no coincidían del todo en la necesidad de cerrar los vínculos con Europa. El ejemplo más claro fue Trotski, ferviente internacionalista marxista, que propuso una unión política: unos Estados Unidos de Europa de los que Rusia formaría parte, como unión proletaria contra el capitalismo global. Eran visiones muy distintas de las estalinistas y leninistas, que terminaron dominando el pensamiento adoptado por la Unión Soviética.
Lenin era escéptico respecto a los Estados Unidos de Europa: sostenía que una unión de ese tipo, aunque permitiera mínimos intercambios económicos, acabaría siendo una unión de capitalistas destinada a repartirse las colonias y a explotar aún más al género humano. Stalin, por su parte, defendía con fuerza un socialismo “autárquico” aplicable en un solo país y se oponía a las teorías trotskistas de la revolución permanente. El marxismo-leninismo adoptado por Stalin se volvió hegemónico primero en la URSS y, tras la Segunda Guerra Mundial, en toda Europa del Este, remodelando aún más la idea de una separación europea respecto de Rusia. Las fronteras europeas quedaron así delimitadas por la “Cortina de Hierro”, que se mantuvo hasta 1989.
Gorbachov, la perestroika y Vladimir Putin
En 1987, en su libro sobre la perestroika, Gorbachov rompió con la narrativa de una Rusia separada del continente europeo. El expresidente de la URSS defendía la profunda compartición en la construcción de Europa y de su historia, así como el aporte de los pueblos eslavos al desarrollo del continente.
Con la caída de la Unión Soviética hubo un breve acercamiento de la recién nacida Federación Rusa a la Europa occidental, debido también a una grave crisis económica y a la caótica presidencia de Borís Yeltsin, que sentó las bases para el ascenso de uno de los personajes políticos más influyentes de este siglo: Vladimir Putin.
Con la presidencia de Putin en 2001, la narrativa ideológica pasó a centrarse casi por completo en los valores nacionales rusos, eslavos y ortodoxos: un liderazgo caracterizado por un fuerte estatalismo nacionalista. La Federación Rusa promovió su autonomía revalorizando el Estado-nación, en contraposición ideológica a los valores de la Unión Europea, basados en la limitación de la soberanía estatal y económica.
Moscú mantuvo relaciones muy frágiles con los países europeos en los primeros años 2000. A partir de 2004, la entrada en la OTAN y en la UE de países del antiguo bloque soviético como Polonia, la República Checa, Hungría y, más tarde, los países bálticos, intensificó las tensiones. Para el Kremlin, la expansión de la ideología liberal y de la influencia estadounidense supuso una traición implícita a la promesa de no ampliar la OTAN hacia el Este. La ideología del “mundo ruso” (Russkij Mir), entendida como la pertenencia de las poblaciones rusófonas a Rusia, comenzó a consolidarse como respuesta cultural y geopolítica. Las revoluciones de colores prooccidentales entre 2003 y 2005 desestabilizaron aún más las relaciones internacionales, alimentando la demonización de la imagen de Occidente.
El discurso de Múnich de 2007
El discurso de Vladimir Putin en la 43.ª Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007, pronunciado por invitación del presidente Horst Teltschik, marcó la separación oficial de Rusia del sistema europeo al que se había acercado brevemente durante unos pocos años.
El presidente ruso denunció con firmeza el expansionismo estadounidense hacia el Este a través de la OTAN y el uso indiscriminado de la violencia por parte de las potencias mundiales en las relaciones internacionales, calificando la expansión occidental como una amenaza para la seguridad rusa.
Con ese discurso se definió la línea de frontera que aún hoy suele entenderse como delimitación de Europa: la frontera ruso-bielorrusa. Una situación agravada todavía más por las crisis en Georgia y Ucrania, y por la invasión rusa de 2022.
Dadas las circunstancias actuales —decididamente problemáticas— en las relaciones entre Europa y Rusia, no podemos hacer suposiciones temerarias sobre el destino diplomático entre ambos. Sin embargo, debemos reflexionar sobre el sentimiento de inseguridad que caracteriza a Rusia desde hace más de un siglo y sobre el ascenso de Putin al poder como consecuencia directa de ese sentimiento.
Entre 1917 y 1989, Rusia fue víctima de intervenciones por parte de potencias europeas orientadas a desestabilizar y minar la nación con el objetivo de un cambio de régimen antibolchevique. Estas intervenciones, aunque en condiciones distintas a medida que avanzaba el tiempo y cambiaban las relaciones, fueron una constante que generó miedo e inseguridad en la población. El surgimiento de líderes como Stalin, su idea del “socialismo en un solo país” y el posterior imperialismo soviético fueron consecuencias directas de ese clima. En esas condiciones, la estabilidad nacional se convirtió en la misión histórica del Partido Comunista ruso, que de forma indirecta estableció un pacto social con la población: seguridad a cambio de libertad.
No es casualidad que líderes como Yeltsin y Gorbachov sean ampliamente criticados, ya que el acercamiento a las potencias occidentales se percibió como una traición a ese pacto y como una sumisión evidente. El ascenso de Putin se debió a su capacidad de restaurar, desde 1999 hasta hoy, el pacto social perdido con las dos administraciones anteriores. Sin embargo, conviene recordar que el autoritarismo ruso tiene raíces más profundas que la paranoia posrevolucionaria: Rusia arrastra una tradición dictatorial y de conflictos en la cúspide del poder desde Iván el Terrible. La enorme extensión territorial del país ha sido históricamente una justificación para mantener un sistema de gobierno autoritario, presentado como el elemento cohesionador de una nación que abarca dos continentes.
Europa, desde su perspectiva —en particular la parte oriental—, vivió bajo una dictadura impuesta desde Moscú entre 1945 y 1989. Esto contribuyó al sentimiento de enemistad que hoy persiste en los países del antiguo bloque soviético hacia Moscú. En el continente europeo, la Guerra Fría también consolidó la imagen de Rusia no solo como algo ajeno a los asuntos europeos, sino como un adversario permanente. Hay que considerar además que, tras el fin del comunismo, muchas ex repúblicas soviéticas y países que habían estado bajo su dominio experimentaron un giro hacia el extremismo de derechas, favorecido por el descontento interno posrégimen. Esto resultó útil para las élites oligárquicas, que consolidaron su poder mediante propaganda de corte fascista. Esos sentimientos siguen presentes en el tejido social de las antiguas naciones comunistas europeas. Aunque a menudo se las ignore en el debate público, estas naciones son cruciales para restaurar la paz en el continente.
Hoy, sin tener en cuenta el análisis realizado, no se puede comprender ni la política de la Federación Rusa ni la de Europa. Si no se hace, cualquier negociación sería inviable, levantando aún más muros —o, en el peor de los casos, armas—. Dicho esto, en este momento nos enfrentamos a las diferencias entre ambos sistemas, con la esperanza de que algún día no sea la fuerza la que sostenga el peso de la balanza diplomática.

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