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(Ir)realidad: imagen virtual y macho performativo

(Ir)realidad: imagen virtual y macho performativo

Un espectro recorre Europa: el espectro del macho performativo. Con todo lo que se ha hablado de él estos días —sobre todo a partir de una polémica nacida en TikTok, que es además el pretexto de esta reflexión—, ya no sé si conviene más que los machos performativos «expongan abiertamente, ante el mundo entero, su modo de ver, sus fines, sus tendencias» y se lancen a redactar un manifiesto de partido (con el debido respeto a Marx).


Sea como sea, antes de entrar en materia, quisiera dejar constancia de que el pasado octubre, en Barcelona, avisté un ejemplar —y vaya ejemplar— de esta especie. Saqué deprisa una foto que ahora no encuentro, pero recuerdo bien la escena: el sujeto estaba entregado a la típica actividad diurna del macho performativo, a saber, leer un clásico de una escritora (creo que era Jane Austen) en un banco al aire libre, bajo la sombra de la marquesina de un café radical-chic, organic-based, en un barrio hipster de la ciudad más hipster de la Europa mediterránea. Pero rebobinemos.


El problema no es tanto la reificación: no es tanto que comprar un libro cuente igual o más que leerlo, y que lo bueno que leemos quede rebajado por una fila interminable de otras mercancías-con-páginas en los estantes de los centros comerciales. El problema es, más bien, el contrario: la desmaterialización. La realidad acaba sustituida por la imagen de la realidad y lo que compramos —los libros, igual que el resto de mercancías— es como si ya no tuviera cuerpo: la objetividad corpórea, la carne humana igual que el cuerpo sin vida de un libro, deja de contar por sí misma y se vuelve espectral ante su complejo simbólico. Lo que adquirimos cuando compramos un libro —lo que, por tanto, “leemos” cuando en la web hacemos ostentación de leer— no es, en el fondo, más que un fantasma agrandado de nosotros mismos: la proyección de un yo ideal cuya única posibilidad de existir está en la realidad dilatada e inmaterial del éter.


Así, si desde la afirmación histórica del capitalismo la mercancía ha sido y sigue siendo un catalizador de elementos simbólicos (si con las mercancías, exactamente igual que con los cuerpos de los demás, siempre tratamos con nuestros fantasmas, nuestras inseguridades, nuestras obsesiones: en suma, no con el otro, sino con nosotros), hoy se ha consumado un giro radical. La identidad del sujeto se ha convertido, por fin, en una sola cosa con su propia proyección. El fantasma que existe de nosotros en el plano irreal de lo online se ha fusionado de manera irreversible con la percepción misma del sujeto real, generando confusión. ¿Qué diferencia hay entre quien lee y la foto de quien lee, entre nosotros leyendo y la imagen de lo que leemos? ¿Qué diferencia hay, entonces, entre el macho performativo y su representación, si el macho performativo es —lo dice la propia expresión—, ante todo, eso? Exacto.


Y esta no es solo una crisis de quienes miramos. No es solo para nosotros —si es que puede aislarse un “nosotros” pasivo que no sea también actor de las dinámicas que padece— que se resquebraja la frontera entre realidad e imagen de la realidad; es, ante todo, diría yo, la crisis del sujeto. Quien en internet performa, quien presenta de sí una representación (del tipo que sea, pongamos por caso la del intelectual), en el fondo no ofrece una sola, sino al menos dos: la de sí-persona y la de sí-intelectual. Para Platón, el arte era la copia de la copia, propaganda de un falso saber; y así es la imagen virtual, la imagen de la imagen, con la diferencia de que si el arte y la literatura —con sus cargas simbólicas— conservaban al menos un resto de cualidad estética que quizá pudiera redimirlos, la imagen virtual no tiene ninguna ventaja estética, y mucho menos capacidad estética: nace vaciada de antemano.

Y además, permítaseme, con una cláusula de inversión: entre lo real y lo virtual, la relación “normal” de precedencia se ha deformado y no da señales de recordar que hubo un antes. Lo virtual, donde viven las imágenes, ya no es un medio para alcanzar lo real. La existencia de lo real carece por completo de sentido y, por otra parte, ¿quién querría ya desandar el camino para volver? La imagen virtual da un placer absoluto, porque es puro: puramente narcisista, masturbatorio, completamente autosuficiente. Pero de ahí nace también la crisis del sujeto: la criatura-performance, una vez soltada, es capaz de autonomía; puede vivir perfectamente lejos de nosotros sin venir siquiera de vez en cuando a visitarnos.


No solo se puede ser la representación de algo sin querer convertirse activamente en ello, sino —peor aún— se puede convertirse en la representación de algo sin haberlo sido antes. Si el chico del banco de Barcelona lee de verdad los libros de los que habla (¿ostenta?), si sus pensamientos al respecto son auténticos y no fruto de un plagio, aun así puede ser la representación de quien esos libros no los lee realmente, no tiene con ellos una relación existencial y solo finge leerlos: el macho performativo. Es que, en la raíz, ha cambiado lo específico del vínculo entre el yo y la representación: el yo es una función de la representación, que viene antes. La representación es el único organismo realmente vital de lo virtual, y la autenticidad del yo no es más que su excrecencia muerta.


El caso es que todos en internet, del más al menos performativo, parecen estar ahí a propósito para reivindicar su propia autenticidad. Si la expresión de la identidad es un derecho —y diría que de los más inflacionados—, la autenticidad es su valor correlativo: no hay nadie más coherente y granítico que un usuario del ex Twitter o un activista de Instagram cuya existencia entera parece dedicada a chantajearte moralmente. De ahí se sigue que, en lo virtual, el máximo nivel de autenticidad al que puede aspirar la libre expresión de la identidad es una performance auténticamente auténtica; y basta sumar dos más dos para entender que no hay nada más falso que una performance auténtica en todos sus extremos. Es un callejón sin salida doloroso, y me imagino que también de aquí deriva la crisis del sujeto performativo; es decir, hoy, del sujeto a secas.


Pero hay algo más doloroso: preguntarse cómo podría salirse de ahí, porque la respuesta nos obliga a mirar de frente la desolación. En la lucha despiadada por la autenticidad, ¿cómo puede (por ejemplo) el macho performativo ganar el debate y demostrar de una vez por todas que no es falso? Es sencillo: no puede. Ese es el problema de la comunicación virtual, su esencia formal, digámoslo incluso estructural. El discurso en la web se construye, me parece, sobre el nervio de la reiteración: la yuxtaposición de módulos regulares, combinables, opuestos e idénticos —llamémoslos A y no-A, B y no-B, etc.—. No es un flujo: es un ciclo aturdidor, un vórtice comunicativo con succión; o un mosquito borracho y extraordinariamente elástico que rebota de pared en pared en una habitación vacía y no muere jamás. Pero quien está dentro de esta escape room parece no darse cuenta: sigue oponiendo a A un no-A, a B un B+1 contra el que el adversario desenvainará un hermoso B+2. En fin: todo es una competición a ver quién la tiene más grande.


Y, sin embargo, todo es vano. Si se nos atribuye una representación en la que no nos reconocemos, el único arma con la que podríamos intentar liberarnos es oponerle otra representación igual y contraria. Si ayer éramos para los demás empollones lamebotas, hoy demostraremos que somos estudiantes brillantes y alternativos; si ayer éramos machos performativos, hoy no compraremos libros solo para hojearlos y revelaremos incluso que somos inteligentes.


No hay nada, en el fondo, más democrático que las redes. Allí tanto los famosos como los desconocidos —encumbrados a una fama efímera por el debate del momento— se pasan el tiempo desmarcándose de las representaciones que los demás fijan sobre ellos. Querríamos sustraernos de las imágenes heteroproducidas con imágenes autoproducidas que, aunque conserven la molestia de un regusto a plástico, al menos las hemos tragado por cuenta propia: no nos las ha metido a la fuerza en la garganta nadie más.

Y al final, en las redes —donde desde el principio se consumó la tensión entre efecto de realidad y efecto de irrealidad, entre verdad y barniz, entre desgracias de carne y felicidad sintética— no puede alimentarse la esperanza de llegar a la realidad. Al contrario: en las polémicas que allí estallan, el universo de lo virtual se multiplica; se dota de tramas y subtramas, se espesa con giros de guion dignos de lo novelesco. “Desencaje” quizá sea impreciso, porque no es tanto que nosotros nos hayamos retirado; es, más bien, que la realidad misma ha empezado a adelgazar, se ha vuelto una película fina pegada a un universo inmaterial, como el envoltorio de una mercancía: la realidad ha quedado reducida a un carnet de realidad.


El clima irreal en el que estamos inmersos, en cambio, nos acolcha; y salimos de él medio masticados, arrojados a una subrealidad: una subespecie de realidad detonada, simple y modular, donde las cosas se organizan por esquemas antitéticos y emergen pasiones primitivas, superficiales pero ingobernables. Si hace veinte años era la televisión (de la telerrealidad al telediario) la que tenía la exclusiva de una realidad ficcionalizada, hoy ha ocurrido que, si ya nadie mira la tele, quizá sea porque ya no existe nadie fuera de la tele.


Antes, los personajes de los reality eran solo algunos de nosotros, mientras la mayoría permanecía espectadora frente a una realidad adormecida —una realidad en la que, aun así, creía—; hoy ese paradigma, dentro/fuera, ya no tiene sentido: al entrar en esa realidad, al ir a vivir directamente dentro, hemos logrado por fin desmaterializarnos, perdernos felices en el éter de las telecomunicaciones. La imagen virtual es lo único cuya existencia puede contar de verdad y, si la realidad pierde sentido además de gusto, acaba por ser lo único que de verdad existe.


¿Qué utilidad tendría, entonces, que el macho de nuestro debate lograra —por absurdo— demostrarse auténtico? En lo virtual no existe la persona tal y como la entendemos en lo real: el sujeto digital no es una entidad, sino un procedimiento, y lo que de ello queda no puede progresar; irá siempre y solo hacia atrás: la persona se convierte en persōna, de ahí en personaje, del personaje en carácter. Si cualquiera en la web quisiera de verdad mostrarse auténtico, cambiaría de medio. Basta un ejemplo: ¿qué sujeto auténtico es moralmente tan íntegro, tan a salvo de la disgregación? Es como si, ante la crisis del yo, ante su fragmentación, hubiéramos preferido no responder, sino aturdirnos.


La batalla por la autenticidad está, pues, perdida de antemano, y la razón está —de nuevo— a priori, en la estructura misma de la comunicación virtual. También en la comunicación real se puede mentir; incluso se puede fabricarse un alter ego creíble; incluso puede uno acabar creyéndose sus mentiras: no es nada raro. Pero lo real —la comunicación real— tiene una cualidad distinta que por sí misma no puede fingirse, no puede recrearse ni generarse virtualmente. Se trata del inconsciente, o de algo parecido. Lo virtual elimina por completo la dimensión irracional de una lógica no diurna; borra aquello que existe a nuestro pesar, aquello sobre lo que no tenemos control. Y, sin embargo, precisamente en ese virtual en el que creemos tenerlo todo bajo control, nada está realmente bajo control: lo que interlocuta con los demás no somos nosotros, sino una representación nuestra enviada a hacer el trabajo; es como si habláramos siempre por persona interpuesta, un maniquí de cartón piedra.


Como unos Frankenstein voluntarísimos, arquitectamos —sin saberlo— una identidad de pies a cabeza que luego se nos escapa; y se nos escapa porque nuestros “yos” virtuales no son capaces de dar vida a esa parte que, en lo real, nace de nosotros y, pese a nosotros, persiste, sigue existiendo.


Walter Siti, preguntado por qué un texto generado por IA no puede ser literatura, responde que lo único que la inteligencia artificial no tiene es el inconsciente, por la sencilla razón de que, al recordarlo todo, no puede reprimir nada.

Por absurdo, entonces, el único modo que tendríamos de ganar el debate sería precisamente desatar el inconsciente: si quien es atacado diera la razón a quien lo critica; si el macho se admitiera —aunque no pidiera perdón— performativo; si admitiera la mordida verdadera de vivir sintiéndose inauténtico, de habitar una identidad incompleta y frágil que, para ser verdaderamente sí misma, necesita ser idéntica a alguien más.


Una identidad que, si quiere existir, si quiere durar, no debe en el fondo existir de verdad: debe migrar a otra cosa, no desviarse, para no enloquecer. El único modo que tendríamos de ganar sería perder. Pero esto, se entiende, es imposible.



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