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La dictatura de los deseos: viajar para no buscarse màs

La dittatura dei desideri: viaggiare per non cercarsi più

Si, como decía Proust, la realidad vive en nuestros deseos, el desafío es defenderlos del eco de los deseos de los demás.

El deseo de viajar es una de mis rarísimas constantes y —que no me lo tome a mal el lector más hogareño— un impulso que nos une a muchos. La excitación me recorre la piel de forma palpable cuando empiezo a imaginar la partida. Un entusiasmo que siento por pocas cosas, una impaciencia casi infantil. Y sin embargo, si imagino un viaje exótico a Tailandia, algo empieza a chirriar.

¿El motivo? El destino ya no parece nuevo o lo suficientemente emocionante. Un discurso loco ha cobrado fuerza dentro de mi, dictado por la sensación de que no valía realmente la pena. Está tan trillado en todos los itinerarios ajenos, que ahora ya no tiene sentido verlo. Bastaría con cambiar de destino, tal vez, pero ese no es el punto.

Me doy cuenta de que algo íntimo ha sido influenciado desde el exterior. El algoritmo se ha perfeccionado y acelerado tanto dentro de mí que me encuentro, en tiempo récord, habiendo deseado ir y, casi simultáneamente, habiéndolo descartado por "banal y predecible". Todo sin haber siquiera buscado un vuelo.


El espectro en mi cabeza —ese que aparece cada vez que empiezo a rumiar— se aclara la garganta, prepara el guion de su monólogo y luego, con tono sabelotodo, comienza:

"Querida mía, hubo un tiempo en que las plataformas digitales se limitaban a registraros. Eran espejos imperfectos, un poco torpes, que reflejaban vuestros gustos con retraso, como si esperaran instrucciones. Luego algo cambió. Maduraron hasta convertirse en sistemas complejos y empezaron a anticiparse: ya no eran simples observadores, sino arquitectos silenciosos. Y así, sin hacer ruido, el juego de fuerzas se invirtió. Y mientras vosotros presumís de vuestra capacidad crítica, ellos se han adueñado de algo más personal: la dirección de vuestro imaginario. Como corrientes subterráneas fluyen bajo vuestros días: no os dan tirones, os inclinan; desplazan unos pocos grados el eje de lo que os atrae y vosotros, como brújulas sensibles, seguís esa variación sin daros cuenta. Y aquí es donde el asunto se pone serio: han llegado tan al fondo que han tocado los deseos, la materia más íntima de la que estáis hechos. Retoque tras retoque, vuestros sueños han empezado a parecerse, y con ellos vuestros viajes han terminado tiñéndose de los mismos colores."


Por mucho que me pese admitirlo, quitando algún matiz catastrofista y conspiranoico, me cuesta llevarle la contraria. El espectro tiene razón. Incluso las ganas de viajar, percibidas siempre como profundamente auténticas, me parecen ahora contaminadas en demasiados frentes, como un deseo más inducido que propio.


Para alimentar el incendio, acecha la ansiedad social. Madrastra de mi generación, la ansiedad social lo devasta todo encasillándolo, prisioneros en juegos de rol definidos, etiquetando incluso lo que debería ser el acto emocionante y liberador por excelencia.


¿Cuándo ocurrió que viajar se volvió “viral”? Justo cuando se convirtió en uno de los nuevos sinónimos de éxito: tener el dinero para destinos improbables que visitar en periodos improbables. Una vida “de ensueño” es la que te permite, económica y temporalmente, dar la vuelta al mundo. El trabajo perfecto es el que se puede hacer en smart workingdesde una isla remota, alternando llamadas importantísimas con un baño en el océano. Qué imagen tan potente. Lástima de la pátina de ansiedad que tiende a cubrirla.


La hiperconexión nos permite no renunciar a nada (¡o eso creemos!): trabajar duro, mantener la ambición en las ideas y en la facturación sin perdernos la exploración de paisajes lejanos. La flexibilidad de estar siempre en otra parte no es una opción; es como si, implícitamente, quien no llegara a ese estándar se hubiera conformado de alguna manera o no hubiera soñado lo suficiente. Viajamos para no tener que justificar una vida que no se mueve lo suficiente. Lo que pudo ser una fantasía de nicho ha crecido exponencialmente y nos ha arrollado. Así, el viaje se ha insertado a la perfección en el paradigma éxito-fracaso, convirtiéndose en otra vara de medir para quién “lo logra” y quién se queda atrás; no por lo que el viaje en sí nos devuelve, sino por lo que dice de nosotros. Obsesionados con estos pensamientos, hemos acabado viajando para no sentirnos excluidos. Nos ponemos en fila india listos para que nos peguen prototipos de sueños y deseos todos iguales que, en el fondo, nos hacen sentir a salvo.


Este fenómeno tiene un nombre: internalización normativa. No es superficialidad, es un efecto cognitivo documentado. La observación continua de las vidas ajenas no solo cambia el humor, sino que reprograma nuestro parámetro interno de lo que consideramos una vida “digna”. Así es como la sobreexposición de los viajes ha deformado su sentido. Es un mecanismo cruel que nos atiborra de estímulos y nosotros, hambrientos y bulímicos, ansiosos por hacerlo todo y no perder el tiempo, engullimos sin asimilar nada, para luego vomitarlos pocos segundos después.


El famosísimo FOMO (fear of missing out) tiene ya tanto poder que doblega nuestros deseos más profundos, hasta confundirnos sobre lo que realmente queremos.


¿En qué porcentaje deseamos viajar y en cuál lo hacemos para mostrar que tenemos una “buena vida”? ¿Buscamos alimento o consenso? ¿De verdad quiero ir al otro lado del mundo o solo parecer estupenda? ¿Cuál es nuestra lista de prioridades? ¿Qué creemos que nos hace serenos, felices, satisfechos?

Al habernos sugerido las respuestas desde fuera, hemos dejado de hacernos las preguntas por dentro. Nuestra voz interior se ha vuelto cada vez más sutil, imposible de rastrear; y con ella, también nuestra identidad.


La paradoja es que a menudo decidimos partir precisamente con esa intención: “buscarnos a nosotros mismos”, “encontrarnos”. En momentos de extravío y frustración hay que irse a miles de kilómetros, lejos de hábitos y certezas, para cuestionarse y entender “quién se es” —así reza la Biblia de nuestra generación—.


Qué buenos somos: no se nos escapa una. Campeones olímpicos de problem solving, increíblemente apresurados en darnos soluciones. El algoritmo ha horneado para nosotros otra interpretación salvadora del viaje y nosotros la hemos devorado. Sí, porque todo encaja, siempre y cuando uno no se convenza de que realmente existe una respuesta que hallar: una divinidad a la que consultar, como si fuéramos Edipo ante el oráculo de Delfos. ¿Cómo podemos pensar realmente que existen, esparcidos a nuestro alrededor, los pedazos de nuestro puzle, que hay que recuperar todos para sentirnos finalmente resueltos? Es un proyecto destinado al fracaso, una derrota anunciada. Correr tras una idea fija de “quiénes somos” no solo no sirve, sino que mucho menos funciona porque no refleja la complejidad de nuestras identidades. Nos tranquiliza pensarlo, porque lo que está quieto parece dominable. Es una ilusión de calma en una vida de adrenalina. Una caricia de mamá. Pero no existe una versión de nosotros definitiva, y seguir persiguiéndola nos hace esclavos de un circuito perverso e incansable que nos inmoviliza mucho más que quedarnos quietos físicamente. Aplicar manuales de instrucciones ya listos para llenar dudas tan íntimas es la mejor manera de dejar de tener contacto con nosotros mismos.


Nosotros somos y seremos siempre evolución, se quiera o no. De esto podemos hacer una virtud o construir una jaula. Somos identidades móviles, provisionales, adaptativas. Nuestro "yo" es relacional, se redefine en la relación con los demás y con el exterior, y como tal, está en movimiento continuo.


"Debería dar mucho más miedo estar tan seco como para pretender una única versión de uno mismo, y creer que ya se ha encontrado", refunfuña el espectro, como siempre fuera de tiempo, pero nunca fuera de lugar.

Abandonar la idea de nosotros como ecuaciones a resolver o proyectos a completar, para recuperar nuestra mutabilidad, es la clave. La única manera de no sucumbir a las presiones externas es aceptar la inestabilidad como un acto de libertad, y dirigirlo hacia rutas razonadas y que realmente nos pertenezcan. Desde esta perspectiva, viajar no es el problema, pero tampoco la solución. No viajamos para encontrarnos, sino para recordarnos que cambiar es lo único que sabemos hacer de verdad: dejarse llevar por la incertidumbre y abandonar esta racionalidad asfixiante. Elegir día a día quién ser y qué hacer con el propio tiempo significa soportar en cada encrucijada el renunciar a un camino no tomado. Pero, sostengo, es también la única manera de sentirse en contacto con la vida que estamos construyendo. Por otro lado, si debe haber una dirección de nuestros deseos, es mejor que el guion esté en nuestras manos.


Por el rabillo del ojo lo veo regodearse, cómplice: “Igual sale una comedia dramática, más que una de Indiana Jones”.

Sí, cargamos con este lastre: estar sumergidos hasta el cuello en el sutil ecosistema de las redes sociales. Y tal vez, precisamente porque esta narrativa ya nos ha agotado, deberíamos reducir el espacio que le concedemos. Cada generación ha tenido sus monstruos, y el nuestro —por muy invisible que sea— merece que intentemos esquivar el contagio.


Y, por Dios, no dejemos que se nos meta hasta en la ropa interior.




La dictatura de los deseos: viajar para no buscarse màs

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